Un pacto místico, una foto de despedida y dos cuerpos en una represa. La verdadera historia de Antonio y Tulia, la pareja que saltó de la crónica roja a la eternidad en la obra de Beatriz González.
Por José Ángel Báez A.
El 13 de junio de 1965 fue domingo, día de San Antonio. Ese mismo día, según registró la prensa, un jardinero bogotano decidió acabar con su vida y llevar a la muerte a su novia en la represa del Sisga.
Una semana después los cuerpos aparecieron en el agua y la historia fue gran noticia. Pocos días más tarde, sus rostros terminarían en la portada de un diario de la tarde y, algunos meses después, en uno de los cuadros más conocidos de Beatriz González.
La crónica roja de ‘El Vespertino’
El 28 de junio circuló en Bogotá la edición de El Vespertino, un periódico popular que se imprimía en horas de la tarde con noticias breves, muchas de ellas de crimen, deporte y política. Ese era el modelo de estos diarios, primaba la inmediatez y la crónica roja antes que la reflexión editorial.
En primera página apareció un retrato en blanco y negro de una pareja joven, sentada, cariacontecida, con un pequeño ramo entre las manos. El titular era contundente: “Los enamorados suicidas dejaron su última foto”. Una línea adicional aparece: “la tragedia de la represa del Sisga”. Desde entonces, quedarían marcados como “los enamorados del Sisga”.
Quiénes eran realmente Los suicidas del Sisga
Los archivos, sin embargo, permiten ir más allá. En los días previos y posteriores, El Tiempo publicó dos notas judiciales que son clave para reconstruir quiénes eran esas dos personas. El 25 de junio, una crónica originada en Chocontá, titulada “Víctimas de El Sisga”, relata los primeros datos verificados.
La nota revela que los muertos eran Antonio María Martínez Bonza, de 25 años, nacido en Santa Rosa de Viterbo, y Tulia Vargas, de 20 años, en Viracachá, ambos pueblos de Boyacá.
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El artículo también dice que la identificación no la hizo únicamente la policía. Fueron los propios familiares quienes llegaron hasta la alcaldía de Chocontá tras leer en el diario que habían encontrado dos cuerpos sin nombre en el embalse. Los hermanos de Antonio y una pariente de Tulia fueron al cementerio. A él lo reconocieron por la ropa, por un puente de oro en la dentadura superior y por unas cejas muy pobladas; a ella, por la estatura y porque era la misma joven que Antonio había presentado días antes como su novia.
Las razones de Antonio
El Tiempo agrega que la pareja había viajado a Bogotá y se alojaba en una pieza de arriendo en el barrio Las Ferias, en la calle 68 con carrera 61. Pasaron la noche allí y, al día siguiente, salieron con la misma ropa con la que aparecieron luego en el Sisga.
Cuatro días después, el 29 de junio, el diario volvió sobre el asunto con una segunda nota, “El día de su santo, escogido por Martínez para la tragedia”. Y viene acompañada de un subtítulo que anticipaba la lectura del caso: “Todo indica que el desequilibrado jardinero no contó con la voluntad de la muchacha. Un extraño caso de obsesión mística”.
A partir de la declaración del dueño de la habitación en Las Ferias, el periódico reconstruyó los días previos a la desaparición y el hallazgo de varias cartas de despedida. Según la crónica, los textos eran desordenados y llenos de errores, pero dejaban claras varias ideas: Antonio había elegido el 13 de junio, día de San Antonio y de su santo, como fecha para tomar su decisión. Y pedía repartir sus escasos bienes entre hermanos y sobrinos, rogaba evitar pleitos por herencias. Además, insistía en eximir de toda responsabilidad a familiares y amigos, y explicaba su muerte como el cumplimiento de un camino marcado por Dios.
¿De dónde sale la foto?
Tulia aparece, en cambio, como una muchacha sencilla, de fe tradicional, que habría seguido al novio sin compartir plenamente sus ideas. En los últimos párrafos, la nota se inclina por esa interpretación, la de una joven que acepta un paseo al embalse y un hombre que ha preparado en silencio el desenlace. La explicación psiquiátrica rápida, lo de obsesión mística y desequilibrio, cierra el caso en términos judiciales.
Ese mismo texto aporta otro detalle decisivo. Bajo el retrato de estudio de Antonio y Tulia, el pie de foto aclara que el primero de marzo de 1965, tres meses antes de la tragedia, la pareja se tomó esa fotografía en un estudio comercial.
El Tiempo la presenta como la verdadera estampa de Los suicidas del Sisga y advierte que otros periódicos habían ilustrado la noticia con personas completamente ajenas al caso. La imagen que terminó como rostro oficial de la tragedia no fue tomada el día del viaje al embalse ni por un reportero gráfico, sino en un estudio de barrio (se especula que fue en Foto La Industria) para uso privado. Solo después la agarraron los diarios, entre ellos El Vespertino.
La mirada de Beatriz González
A mediados de los años sesenta, Beatriz González buscaba un camino distinto al de la abstracción dominante en museos y bienales. En lugar de seguir ese cauce, dirigió la mirada hacia lo que el buen gusto despreciaba. Le da prioridad a estampas de santos, imágenes religiosas impresas en papel barato, muebles pintados, recortes de prensa. En ese material encontró la foto de Antonio y Tulia tal como había circulado en los diarios.
Además de Los suicidas del Sisga, Beatriz González desarrolló una línea de trabajo basada en imágenes de circulación masiva —prensa, fotografías reproducidas y relatos públicos— para construir una memoria crítica de la violencia en Colombia.
Aunque pertenecen a momentos distintos de su carrera, ambas obras comparten el método inaugurado con Los suicidas del Sisga: partir de imágenes periodísticas y de mala reproducción para interrogar la forma en que la sociedad mira, registra y olvida la violencia.
No vio solo una tragedia, sino una historia privada convertida en espectáculo, sumada a la estética de la reproducción pobre: el grano de la tinta, el contraste plano de los periódicos populares. La había marcado la exposición de dos jóvenes campesinos que llegan a la ciudad y terminan reducidos a un caso judicial ‘escandaloso’.
El contenido político
Con ese recorte en la mano, pintó Los suicidas del Sisga. En la ficha de la obra, publicada en el sitio Historia/Arte, Felipe Meneses Ballesteros señala que el cuadro marca el inicio de la exploración de González a partir de relatos periodísticos, esos recortes que contribuyen a construir la memoria popular de un país atravesado por la violencia.
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Sus personajes, escribe Meneses, aparecen iluminados por una paleta de colores estridentes que funcionan como advertencia, el peligro de vivir en el olvido. “Lejos de la solemnidad académica, González toma lo más popular de la iconografía colombiana para construir lenguajes sencillos y cargados de contenido político”, dice el crítico de arte.
Este 9 de enero de 2026, Beatriz González murió en Bogotá a los 93 años. Dejó una obra que convirtió lo que parecía desechable en archivo visual de la historia colombiana. Entre todas esas piezas, Los suicidas del Sisga ocupa un lugar central. Y no es por su fama, sino porque la artista decidió qué vidas merecen ser recordadas y bajo qué imagen.

