‘Pelota sudaca’ es el libro donde el ‘Pibe’ parece llegado de otro mundo, el ‘Tino’ huele a guayaba, Higuita ataja como si obedeciera a un dios secreto y James se cree Aureliano Buendía con guayos.
En Pescaito el fútbol no empieza con un balón, sino con un susto. Una mañana se aparece por las calles de tierra un extrañísimo ser, flaco y desubicado, que solo se detiene para ponerle las manos en la cabeza a un niño llamado Carlos Alberto y seguir de largo. No hay rayos ni milagros visibles, pero desde entonces al muchacho el pelo le crece como si tuviera vida propia: más rubio, más ancho, más indomable. En la casa, la madre lucha con la peinilla y las tijeras, pero él decide que no, que así se queda.
Años después, ese niño entra a las canchas convertido en el Pibe. Se para en la mitad, melena encendida, y hace que todo gire alrededor. Mientras los demás sudan y corren, él camina, levanta la cabeza y mete pases que parecen enviados por correo certificado.
La cabellera no es peinado, es antena, cada rulo capta una línea de pase distinta. En Pelota sudaca lo tratan como lo que es para los autores del libro, el corazón dorado del balompié colombiano, uno de esos pocos que uno veía de niño en la televisión y pensaba: “esto no puede ser solo fútbol”.
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A su alrededor, el libro arma una pequeña constelación colombiana con otras tres figuras igual de singulares. Faustino Asprilla convertido en gacela criada a punta de guayaba, René Higuita como portero de barrio que en realidad obedece a un culto antiguo de legionarios, y James Rodríguez atrapado entre la gloria futbolera y las páginas de Cien años de soledad. Cada uno ocupa un papel inesperado, donde fruta, religión y novela parecen sistemas tácticos.
Lo que Pelota sudaca hace con ellos no son biografías, pero tampoco cuentos que agarraron en el aire. “La intención del libro no es hacer una biografía realista de los jugadores”, dice Andrés Santa María; “es una relectura mitológica de América Latina a través del fútbol”. Parten de hechos reconocibles y los llevan “a través del delirio o la ficción”, agrega Jerónimo Parada. Siempre hay algo real, luego viene la exageración.
El título ya avisa
En España, “sudaca” se ha usado durante décadas como insulto para todo lo que venga de América Latina. Los autores, de origen chileno, lo saben. Justamente por eso lo toman. Santa María lo explica: en el origen “es simplemente una abreviación de sudamericano”; el problema es el tono con que se lanza. La apuesta del libro es clara: “una ofensa es una ofensa hasta que el ofendido se deja de ofender”. Se trata de apropiarse de la palabra, darle la vuelta y devolverla cargada de orgullo.
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Si no es un libro de hazañas deportivas, ¿qué es?
No son resultados, ni del número de títulos, ni de la estadística perfecta. Tampoco es el elogio de la derrota bonita ni la épica que hastía en la victoria. El libro es otra cosa, una especie de cosmogonía futbolera, un mapa de dioses, santos, apóstoles, herejes y animales sagrados con camiseta.
El foco no está en el marcador, sino en la mística que rodea a cada jugador, como la devoción, los rituales, las supersticiones, la manera en que en la cancha puede convertirse en objeto de fe.
“El fútbol genera emociones exageradas, intensas, extremas”, dice Santa María. Esa intensidad es el combustible, con esa energía, el libro se permite hablar de historia, política, religión y barrio sin sermonear a nadie.
Por eso arranca con una suerte de mito de origen de la Copa Libertadores, donde desfilan Bolívar, San Martín y Manuelita Sáenz, y la copa aparece como heredera torcida del sueño de unidad latinoamericana. América se ve a sí misma dividida y pegada al mismo tiempo. “Hay una estética común y, al mismo tiempo, competencias entre las selecciones”, apuntan. La Libertadores encarna justo esa doble cara, lo que une y lo que separa.
La portada y las ilustraciones empujan en la misma dirección. El mexicano Christian Cañibe dibuja a los futbolistas como estampitas de un santoral. Aureolas de balón, escorpiones, frutas, banderas, rayos, café y camisetas.
Sotil, Higuita, Forlán, Sánchez, Spencer, Ronaldinho, Zamorano y Maradona. Christian Cañibe, autor de las ilustraciones. Cortesía Impedimenta.
En total, 41 jugadores de 11 países, Sudamérica más México. No es un ranking de los mejores, sino un particular reflejo de personajes que condensan formas distintas de vivir el juego. De lejos, el libro parece un álbum de figuritas de una fe nueva, pero de cerca es una forma de decir que en esta parte del mundo el balón funciona casi como una religión.
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En ese santoral, Maradona y Messi ocupan el ala argentina
Diego Armando Maradona entra por la puerta principal, rodeado de dogmas, liturgias y exageraciones perfectamente humanas. La Iglesia Maradoniana ya existe, solo había que escribirla. Hay “apóstoles”, “evangelios” y hasta lecturas apocalípticas, una corriente “panmilenialista” imagina a Maradona reinando sesenta años en la Tierra antes de resucitar como segundo Mesías.
No hace falta aclarar mucho, el libro se limita a mostrar el nivel de devoción. “Los futbolistas son los que más se asemejan a algo mítico o divino en nuestros tiempos”, dice Parada. D10S es el caso de estudio.
Messi, en cambio, aparece filtrado por el rock.
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Su cuento lo ubica frente a los ojos de Charly García, encerrado en un departamento de Buenos Aires. Messi corre en la pantalla, Charly recuerda discos, paredes pintadas, ciertas noches de Rosario y Palermo. “Es un homenaje a Rosario y a Charly”, explica Santa María. El futbolista se vuelve excusa para hablar de una ciudad y de una genealogía musical. La jugada es deliberada: “queríamos que en algunos cuentos el futbolista fuera casi secundario”, admite. Messi es centro del mundo y, al mismo tiempo, personaje lateral en una película de Charly García y Fito Páez.
Y Colombia, “visiones del yagé”
El capítulo colombiano se titula “visiones del yagé” por algo más que libertad literaria. Para Parada y Santa María, ver a esa selección de los noventa era como asistir a una toma colectiva: colores chillones, juego lento y brillante, personajes irrepetibles.
En la introducción conectan ese equipo con la ayahuasca, una experiencia que, cuentan quienes la han vivido, saca de la realidad, revuelve y, aun así, deja viendo mejor. Colombia aparece como un viaje por el pase del Pibe, las carreras del Tino, los delirios de Higuita y, caso aparte, el Mundial 2014 de James. Todos forman parte de la misma visión compartida.
Lo dicen ellos mismos. “Para mí es lo mejor de Colombia”, dice Jerónimo. “Era un deleite visual, me interesaba más que la chilena”, recuerda Andrés. Los cuatro colombianos del libro tienen altares particulares. Del Pibe ya está dicho casi todo, el niño de Pescaito tocado por un ser raro que termina convertido en sol caribe en la mitad de la cancha. El libro lo trata con la familiaridad del hincha y la devoción del creyente: verlo jugar es ver que algo se suspende unos segundos en el aire.
Faustino Asprilla ocupa la franja más alegre y peligrosa
Su historia está narrada desde la guayaba, el fruto del Valle del Cauca como olor de infancia, como condena. El aroma “penetrante, dulce y sensual” invade las fosas nasales del Tino y no se va nunca. De ahí en adelante, el delantero es una especie de gacela desatada, siempre entrando al área como quien se lanza de cabeza a un guayabal prohibido.
La vida nocturna y el desorden no se esconden, se integran. “La vida nocturna de Asprilla es un defecto deportivo —admite Santa María—, pero desde una perspectiva estética uno podría celebrarla”. Ese es el tono, menos sermón y más comprensión del personaje.
René Higuita entra por la puerta del delirio
“El escorpión de Mitra” lo enlaza con el mitraísmo, religión de legionarios romanos. No es un guiño gratuito, en ese credo el escorpión es símbolo clave. Higuita aparece como heredero lejano de esa fraternidad, el niño que vende aguardiente y periódicos, pero que ve de pronto en el balón al “sagrado testículo taurino”.
El escorpión de Wembley deja de ser ocurrencia para convertirse en deber. “Siempre partimos de un hecho real”, explica Parada; después viene la ficción. En este caso, el hecho es que Higuita hizo algo que no debía. El libro se encarga de explicar que, para él, no había alternativa, lo importante no es la victoria, sino “la misión última de proteger el orden universal”.
James Rodríguez, mezcla de ambición, talento y enredo
En “Cien años de James”, el joven mediocampista lee Cien años de soledad empujado por el padrastro. Se mira en los Buendía, se declara “Aureliano tercero”, intenta meterse en esa estirpe. A ratos se emociona, a ratos se empantana.
Se olvida de Remedios la bella, se confunde con las generaciones, se enreda con el peso de la novela. El cuento lo muestra fascinado y abrumado, atrapado entre el legado de Macondo y el suyo. Santa María lo resume con una imagen precisa: “es como Juan Rulfo, le bastó una obra para quedar como genio eterno”. El Mundial de 2014 es su Pedro Páramo. Lo demás, epílogo, contratos y redes sociales.
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En todos los casos, el libro deja ver defectos y virtudes sin disfrazarlos. Asprilla sale noctámbulo, James ‘picadito’, Higuita desobediente, Valderrama casi extraterrestre. Pero la intención no es ajuiciarlos, sino entender por qué, pese a todo —o por todo eso—, terminaron convertidos en personajes que un continente entero recuerda.
Pelota sudaca es, al final, un libro que mira el fútbol donde más duele y más seduce, en el territorio donde se mezclan fe, exageración y chisme. Los goles están, pero de fondo.
Lo que permanece son escenas como la primera: un niño en Pescaito, un extrañísimo ser que pasa, le deja algo en la cabeza y sigue de largo. Lo que vino después ya lo sabe cualquiera que haya visto al Pibe pedir la pelota, girar medio cuerpo y meter un pase con la tranquilidad de quien escribe, sin apuro, una frase que nadie más se habría atrevido a imaginar.
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Dónde conseguir el libro
Pelota sudaca, de Jerónimo Parada y Andrés Santa María, puede conseguirse en librerías independientes, cadenas de librerías y tiendas en línea especializadas en fútbol y literatura latinoamericana. Consulta con tu librería de confianza o en plataformas de venta de libros por internet.
