Tuvo nombre, lectores y gran difusión en su época. Primero la leyeron como una autora de poesía erótica, pero después fue dejada de lado. Hoy, entre nuevas lecturas, miradas feministas y las dudas que todavía provoca, su obra vuelve a abrir una discusión que la literatura colombiana dejó pendiente.
En 1937 hablaba en el Teatro Colón sobre “temas femeninos de actualidad” y su presencia era anunciada, el 17 de enero, en el diario El Tiempo, como un “verdadero acontecimiento intelectual”. Por esos mismos años, otros artículos la ponían “en primera línea entre las poetisas suramericanas” y hablaban de su obra como una voz ya visible dentro y fuera de Colombia. No era una autora en la sombra.
Laura Victoria entre nombre, lectores y notoriedad
Nació en 1904 en Soatá, Boyacá. Gertrudis Peñuela, su nombre de pila, era de una familia con peso en su región, hija del abogado Simón Peñuela y sobrina del sacerdote Cayo Leonidas Peñuela. En ese entorno conservador, donde sus versos causaban escándalo, el seudónimo Laura Victoria fue necesario para escribir sin exponer su apellido familiar. Con el paso del tiempo, ese nombre terminó siendo su identidad.
Su libro Llamas azules (1933) le dio más visibilidad y la marcó como la mujer que se atrevía a escribir sobre el deseo. La prensa elogiaba su sensibilidad y su estilo sugestivo, casi siempre viéndola como alguien especial dentro de su tiempo.
“Ven, ya se abren cual rojos amarantos
los capullos en flor de mis deseos”.
Guillermo Manrique Terán, escritor y periodista, la comparó en un artículo titulado Laura Victoria o la era victoriana, del 25 de mayo de 1937, con Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou y Alfonsina Storni. Otros afirmaron que sus creaciones debían ir acompañadas de elegancia y compostura. Aceptaban la novedad en sus textos y versos, pero con límites.
A mediados de siglo, Laura Victoria se trasladó a México, lo que marcaría su vida. Allí se dedicó al periodismo, participó en círculos culturales y fue madre de la actriz Alicia Caro, Beatriz Segura Peñuela, figura de la Época de Oro del cine mexicano, que murió el pasado 17 de marzo de 2026, a los 95 años.
Del reconocimiento al encasillamiento
Así la escritora tomó un rumbo distinto y quedó lejos del mundo editorial colombiano. Y eso hizo que su imagen en Colombia se volviera cada vez más imprecisa y fragmentada. Cuando la prensa nacional la recordaba, lo hacía con nostalgia o curiosidad.
En 1975, las Lecturas Dominicales de El Tiempo, la retrataban concentrada en lecturas de los profetas bíblicos y en un libro sobre el Apocalipsis. En los años setenta y ochenta era presentada como la poeta del deseo, la escritora mística, la mujer rara, la figura de otra época. Inclasificable.
Ahí es donde empiezan a servir las lecturas posteriores, actuales, que empiezan a mostrar quién era realmente ella.
Cómo se ha vuelto a leer a Laura Victoria
María Camila Alzate Torres, en un trabajo académico sobre Laura Victoria, parte del erotismo. Recuerda que la escritora fue leída como una de las primeras mujeres en exponer “abiertamente el goce y placer sensual” y escribe que en sus poemas aparece “una nueva visión femenina del mundo, una mujer que se reconoce a través de su corporeidad”. Lo importante no es solo que hablara del deseo, sino que en sus poemas la mujer deja de ser alguien que es mirado y pasa a ser quien mira, desea y decide.
Alzate no deja la cosa en un gesto heroico. Discrepa con Irene Mizhari, profesora adjunta de estudios hispánicos en Boston College, que había visto en Laura Victoria un apego fuerte a ciertos ideales románticos de belleza femenina. El reparo de Mizhari es que, si la mujer solo existe para agradar al hombre, el gesto de libertad queda corto. Alzate no niega esa lectura, pero dice que no basta para entender toda la obra. En poemas como Dualidad, dice, la voz femenina no aparece solamente en posición pasiva:
Fue un instante no más. Placer no hubo.
Pero su boca entre mi boca tuvo
amor y angustia, languidez y olvido.
La investigadora Carolina Cáceres la ve de otra manera. Propone leer la obra de la boyacense en “tres tientos”: “sensorial”, “emotivo” y “místico”. Y cambia bastante el panorama. Laura Victoria deja de ser únicamente la autora del deseo y aparecen la infancia, la maternidad, el paisaje, la memoria, la soledad, la experiencia espiritual. Cáceres explica por qué no terminó de afirmarse en la historia literaria colombiana: faltó una crítica “más preocupada por ver la sustancia que el destello”.
Camila Charry, poeta, editora y profesora, se lo dice a LA RUEDA SUELTA de otro modo: enseñar en clases a Laura Victoria ha sido, para ella, “intentar unir pedazos”. La frase es precisa. Habla de una obra que no llegó entera a la conversación.
«Romántica, pero anacrónica»
Y cuando intenta armarla, encuentra más que a la poeta erótica: descubre una autora en la que aparecen San Juan de la Cruz, Santa Teresa y Josefa del Castillo, pero sin abandonar el cuerpo. De hecho, dice que en Laura Victoria “el cuerpo es el epicentro y el camino del lenguaje”. Es decir, lo espiritual no borra lo corporal.
Luego aparece Luz Mary Giraldo, poeta, ensayista y profesora de literatura colombiana y latinoamericana, mucho más distante. Leyó a Laura Victoria cuando era estudiante y la recuerda como una poeta “muy tradicional”, una “romántica exquisita”, sí, pero “anacrónica”.
Desde fuera de Colombia, la revista española Miligramo produjo una de las miradas más profundas sobre ella. El dossier que le dedicó no la trata solo como una autora que merece homenaje, sino como una figura útil para pensar problemas que siguen abiertos hoy, como la escritura femenina erótica, el uso del seudónimo, la desigualdad editorial, el canon, el feminismo y la relación entre cuerpo y lenguaje.
La mirada externa
El editorial es directo. Laura Victoria aparece como una escritora que, en un contexto “hostil hacia la emancipación de la mujer”, reclamó “su posición de individualidad a través del erotismo”. Saca a Laura Victoria del provincianismo colombiano y la lee como parte de una conversación latinoamericana y contemporánea. Dice incluso que ayudó a abrir el camino para que otras mujeres pudieran escribir sobre “sexualidad, opresión del heteropatriarcado, búsqueda de identidad y conciencia social”.
Paula Guardans Godó, una de las autoras del dossier, analiza lo del seudónimo y concluye que Laura Victoria fue “un seudónimo sin máscara”. Gertrudis Peñuela necesitó otro nombre para escribir, pero el éxito de ese nombre la dejó expuesta. El autor sigue la historia y muestra cómo lo que empezó como protección la dejó vulnerable.
Gerard Pujadas trae el caso hacia el presente. Usa a Laura Victoria para pensar un mundo donde el cuerpo se volvió mercancía, imagen, repetición, superficie. Frente a eso, el erotismo de Laura Victoria aparece como una experiencia menos obediente al consumo. Es una forma interesante de devolverla al presente como contraste.
La escritora que quedó atrás
Y las poetas convocadas por Miligramo, como la mexicana Chary Gumeta, la argentina Mariela Alejandra Palermo y la chilena Isabel Guerrero, no hablan de Laura Victoria como quien comenta una pieza de museo. Discuten la desigualdad en premios y editoriales, el feminismo, la sexualidad y la literatura escrita por mujeres. La vuelven antecedente de preguntas varias preguntas que se mantienen. Esa es, quizá, la mayor virtud del dossier: invita a volver a leerla o discutirla.
En Colombia, el escritor Gustavo Páez Escobar, también de Soatá y columnista de El Espectador, insiste en recordar que Laura Victoria fue célebre, que “la poetisa más famosa del país” terminó quedando a un lado y que su larga vida en México ayudó a eso. Sus textos no buscan tanto zanjar el valor formal de la obra como devolverle presencia a una autora que el país vio y luego dejó atrás.
Laura Victoria murió en 2004, en Ciudad de México. La prensa la descubrió pronto, pero le dio más valor como figura pública. La crítica tardó en regresar a su obra completa. Su vida entre Colombia y México también hizo que muchos no supieran dónde ubicarla. Tal vez hoy es importante rearmarla, para leerla entera.
