A propósito del cierre de Prólogo, el próximo 31 de agosto, recordamos la historia de Juan Simonnot, quien en 1851 abrió en Bogotá la que los historiadores consideran la primera librería de Colombia, en medio de un enorme analfabetismo y un mercado lector muy crudo.
Por José Ángel Báez A.
En la Colombia de 1851 no había anaqueles que ofrecieran libros. Se vendían en tiendas, casas importadoras, imprentas e incluso en las casas de algunos escritores. El país tenía un analfabetismo enorme, un sistema educativo precario y muy pocos espacios que tuvieran necesidad de libros. En ese escenario nació la primera librería de Colombia.
Así nació la primera librería de Colombia
Y en ese momento apareció Juan Simonnot, un francés sin muchos rastros biográficos. En mayo de 1851 su nombre estaba en los avisos de la prensa bogotana al frente de una librería recién abierta. Se anunciaba como librero y promocionaba sus novedades, explicaba de qué trataban, quiénes eran sus autores y en qué formato estaban. Salía así a la caza de compradores.
En 1856, cinco años después de la apertura de la primera librería de Colombia, Simonnot ya tenía una oferta considerable. El historiador Juan David Murillo Sandoval encontró, en el catálogo que la librería publicó ese año en El Catolicismo, más de 300 títulos organizados por temas y por orden alfabético. Allí convivían Defensa de la usura, de Jeremy Bentham; las cartas de Eloísa y Abelardo; el Ensayo sobre Nueva España, de Alexander von Humboldt; catecismos de Puget y del abate Gaume, y el Diccionario de Legislación, de Joaquín Escriche.
A esa oferta se sumaban suscripciones a publicaciones extranjeras como Correo de Ultramar y Eco de Ambos Mundos. El librero francés estaba conectado con el negocio internacional del libro, representaba en Colombia a Rosa, Bouret y Cía., una firma parisina que distribuía obras en varios países de América Latina.
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De la vida cotidiana del negocio quedan más preguntas que respuestas: ¿dónde estaba ubicada exactamente la librería?, ¿cómo se llamaba?, ¿quiénes eran sus clientes habituales? Una escena de El poeta llorón, del escritor santandereano Daniel Mantilla Orbegozo, muestra a un joven que va “a casa de Monsieur Simonnot a comprar libros” y sale con obras de Balzac, Dumas, George Sand, Espronceda y Campoamor. Es una sátira, pero permite imaginar la librería como un lugar al que ya se acudía expresamente a buscar libros.
La aventura fue breve. El rastro documental de Simonnot se pierde hacia 1858 y no se sabe qué pasó con la librería. Murillo pone en duda la viabilidad del negocio en aquel momento, mientras que el historiador y filósofo colombiano Gilberto Loaiza Cano plantea otra posibilidad: la presión de sectores católicos, que cuestionaron algunos de los títulos ofrecidos por Simonnot por estar prohibidos por la Iglesia.
Ciento setenta y cinco años después, el paisaje es otro. Colombia vendió 39,4 millones de ejemplares en 2025 y las librerías, junto con los puntos de venta de las editoriales, siguen siendo el principal canal comercial del sector. Bogotá y Medellín concentran juntas más del 57 % de las librerías del país. Hay ferias, clubes de lectura, presentaciones, universidades, editoriales independientes y una oferta que Simonnot difícilmente habría podido imaginar.
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Y, sin embargo, sobrevivir sigue siendo difícil. Un estudio de la Cámara Colombiana del Libro dice que el 79,6 % de las librerías tienen problemas por los bajos márgenes de ganancia; el 78,6 %, la competencia de las plataformas en línea, y el 76 %, los altos costos de operación. El cierre de Prólogo, después de casi dos décadas, vuelve visible esa fragilidad. Se suma a otros cierres recientes de librerías independientes de Bogotá, como Hojas de Parra, Garabato y Mr. Fox.
Simonnot tuvo que buscar lectores. Hoy los lectores existen. Lo que está en riesgo son las librerías.