A 50 años de la dictadura argentina, el rock frente al miedo

A medio siglo del golpe militar, este texto vuelve sobre el rock como refugio, encuentro y resistencia, con ‘Argentina, 1985‘ como punto de partida.

Banda de rock argentino posa con cintas en la boca en una imagen asociada a la censura durante la dictadura militar
Una imagen del rock argentino convertida en símbolo de censura, silencio y resistencia en los años de la dictadura militar.

Por Sergio Pujol *

Nada como la música para rememorar un tiempo pasado. Si ese tiempo fue “reciente”, según la categoría historiográfica en boga, el oyente que tuvo entonces suficiente edad como para experimentarlo vívidamente podrá regresar al mismo con sólo tomar contacto con determinadas sonoridades, así como, en un fragmento mil veces citado de En busca del tiempo perdido, Marcel Proust se sorprende al poder recuperar el pueblo de Combray de su infancia al humedecer la magdalena en la taza de té.

En mi caso, como seguramente en el de muchos de los que vieron Argentina 1985 el premiado film de Santiago Mitre protagonizado, entre otros, por Ricardo Darín –, la magdalena en el té resultó ser, antes que cualquier otra referencia a aquel tiempo del “Nunca más”, la banda sonora del film.

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Poblada de temas de Serú Girán, Charly García (solista) y Los abuelos de la nada, la selección musical logra transmitirnos esa sensación de eufórica esperanza que a todos nos generaba el inicio de un ciclo democrático que deseábamos con fervor fuera definitivo.

La intimidación

¿O acaso las vitalesHimno de mi corazón o Lunes por la madrugada no fueron entonces escuchadas (¡y bailadas!) como fanfarrias de un nuevo horizonte de expectativas? La música elegida para el filme – cuyas creaciones incidentales estuvieron en manos de Pedro Osuna- coincide entonces con la banda sonora de nuestras vidas reales de 1985. Pero algunas de esas canciones nos venían acompañando, a manera de talismán contra los males del mundo, desde los últimos años de la dictadura militar. Del mismo modo que el fiscal Julio César Strassera no era un debutante en el derecho en 1985, la trama sonora de aquel año tenía una genealogía.

Los abuelos de la nada
Los abuelos de la nada una de las bandas que suena en la película.

Como muestra el filme, las calles nocturnas de 1985 seguían alojando algunos peligros, pero estos eran infinitamente menores a los que las habían asolado unos pocos años antes. Quien anduvo por recitales en los años 1976-1983 recordará muy bien que siempre había, entremezclados con el público, agentes los servicios de inteligencia de la Federal o de la temible policía de la Provincia de Buenos Aires.

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Todos bajo sospecha

Y a la salida del teatro o del estadio, desembozadamente, camiones del Ejército prestos a llevarse decenas, cientos de jóvenes con la excusa de “averiguación de antecedentes” o en busca de estupefacientes (a lo sumo, un cigarrillo de marihuana), cuando sabíamos que el objetivo de ese atropello amparado en el Estado de Sitio no era otro que la intimidación, la advertencia de un correctivo que, con el terrible parámetro de los desaparecidos a mano, buscaba fijarle límites a toda actividad sociocultural que pudiera significar alguna forma de disidencia o cuestionamiento.

Los infiltrados

En esos años aprendimos el significado de la palabra razzia. Menos siniestra que muerte o desaparición, pero también temible. Aun así, los músicos siguieron tocando y cantando, y nosotros fuimos a escucharlos. ¿Podía la dictadura ignorar o descuidar un fenómeno que, sin considerarlo un peligro prioritario, contrariaba el modelo de juventud dócil que se buscaba promover desde los medios de comunicación y el sistema educativo? Desde luego que no.

Pero no era tanto el contenido de las canciones lo que preocupaba al gobierno dictatorial (Canción de Alicia en el País y Viernes 3 AM) eran las creaciones de Charly García más críticas – no las únicas- del estado de las cosas). Para eso estaba el Comité Federal de Radiodifusión (COMFER) con sus listados de canciones que no podían ser irradiadas. El problema era, en cambio, la performance de la música joven, su puesta en acto, eso indómito que acontecía, sobre todo, en los recitales.

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Ciertamente, no era posible organizar un recital en el estadio de Obras Sanitarias de la ciudad de Buenos Aires sin la aprobación de la Policía Federal y el Ministerio del Interior. Tampoco era factible ganarse un lugar en las industrias culturales sin presentar previamente la nómina de temas a los organismos de vigilancia (León Gieco recuerda que, de las 14 canciones que integraban su disco LP El fantasma de Canterville, sólo dos quedaron a salvo de los cortes y modificaciones del censor). En otras palabras, no era posible escapar a la escucha de los “servicios”, a los infiltrados en los recitales y conciertos, a las listas de temas censurados.

La vigilancia

Por supuesto, no todo fue observado con el mismo interés y recelo. Pero nada que requiriera, por su propia naturaleza social y artística, una materialización pública se salió de cuadro, digámoslo así.

Aquí tenemos entonces, como sucedió con el movimiento Teatro Abierto de 1981, una puesta en escena arriesgada, pero no suicida. En ese sentido, el rock argentino fue la última frontera entre ser joven y el aparato de la dictadura. En sus escenarios, los cuerpos que, contrarios a lo que Claudio Díaz llama “canon corporal oficial”, cantaban y tocaban la materia sonora en tiempo y en espacio reales. Y en presencia de otros cuerpos que escuchaban, respondiendo a esa escucha como querían, como podían y, sobre todo, como sabían hacerlo.

Escena de ‘Argentina 1985’ con Ricardo Darín.

Está claro que en la Argentina inmediatamente anterior a 1985 el ritual de los recitales adquirió un cierto dramatismo, en la medida que la experiencia de salir de nuestros hogares para sumergirnos en una música voluminosa, o “ensordecedora”, como advertían nuestros padres, suponía alguna clase de riesgo.

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Hubo, para todo esto, ciertos espacios hoy legendarios: primero el Luna Park y el teatro Coliseo, luego Obras Sanitarias en el barrio de Núñez y finalmente, hacia 1981, estadios abiertos, como el Club Atlético Ferro Carril Oeste y La Falda (Córdoba). Esto quiere decir que, al menos transitoriamente, el rock se apropió de espacios públicos, en un momento de fuerte vigilancia de lo público en general. Se trató de una pequeña conquista cultural en una época de extendidas derrotas.

 ‘Argentina 1985’ y el rock

El rock como refugio, como práctica de aguante, como discursividad contrahegemónica. Cantaba Charly García, con su grupo La máquina de hacer pájaros, en No te dejes desanimar, una temprana y premonitoria canción de 1977: “Nunca dejes de abrirte/no dejes de reírte/ No te cubras de soledad/ Y si el miedo te derrumba/ Si tu luna no alumbra/ Si tu cuerpo no da más/ no te dejes desanimar/ Basta ya de llorar/ Para un poco tu mente y ven acá”.

En tanto espectáculo, el rock no fue invisible y tuvo una fuerte – aunque no siempre reconocida- incidencia en la escena cultural de aquellos años. Pensemos en las oposiciones dramatizadas por un género (cultura) musical que implícitamente se instituía contra una serie “leyes” no escritas: la del padre, la del educador, la del Estado, la del “sistema”, etc.

Incluso contra la ley no escrita del “buen gusto musical”, reglamentada por los Conservatorios; o la ley de las músicas nacionales por antonomasia: el tango y el folclore.

Cuando tras la Guerra de Malvinas la dictadura emprendió su vergonzosa retirada, dejando un escenario signado por la muerte de miles de jóvenes, la música que impidió que los sobrevivientes cayéramos en el desánimo total, “cubiertos de soledad”, terminó siendo un valioso vector de memoria para una sociedad que – como bien lo muestra Argentina 1985 – no aceptó el olvido.


 

* Sergio Pujol es historiador y escritor. Es autor, entre otros libros, de Rock y dictadura. Crónica de una generación (1976-1983) (Planeta, 2005), El año de Artaud. Rock y política en 1973 (Planeta, 2019) y Gato Barbieri. Un sonido para el Tercer Mundo (Planeta, 2023). Sus libros se pueden comprar aquí.

 

 

 

 

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