Carlos Duplat creó ‘Amar y vivir’,’ ‘Fronteras del regreso’ y ‘Los Victorinos’, entre otros dramatizados. Fue torturado bajo el Estatuto de Seguridad, pasó por La Picota y lo echaron de revista Alternativa. Esta es la historia del realizador que le dio voz —y rostro— a la Colombia popular en la pantalla.
Por Carlos Hugo Jimenez Encizo >
Es uno de los nombres decisivos del dramatizado colombiano. Con él, la televisión dejó de mirar desde el salón para salir a la plaza, al taller y al inquilinato. En su obra no hay finales de cuento de hadas: hay personajes con pasiones, bochinches, formas de hablar y conflictos que, al verse en pantalla, conectaron con millones de televidentes.
‘Amar y vivir’: realismo en la plaza
A finales de los años 80, Amar y vivir irrumpió como un hito. La serie, original de Germán Escallón y escrita y dirigida por Duplat, nació entre los gritos, colores y olores de la plaza de mercado de Las Ferias, en Bogotá.
La apuesta era clara: una historia de “gente de verdad”, la que lucha para sobrevivir y también desea amar. Ese realismo, de lenguaje, de hechos y de personajes, se convirtió en su sello.

Duplat presentó el proyecto a varias programadoras; la que lo aceptó puso una condición: no más de diez capítulos. La respuesta del público obligó a ampliarla a treinta. El idilio de Irene Romero (María Fernanda Martínez) y Joaquín Herrera (Luis Eduardo Motoa) alcanzó picos de sintonía y, en un desenlace trágico (alerta de spoiler), Joaquín muere viendo triunfar a su amada.
En el trasfondo, Duplat miraba referentes cercanos. Como Pepe Sánchez con Don Chinche, sacó las cámaras de estudio para “untarlas de calle”. El desaparecido Fernando Gaitán lo resumió así: “Enseñó que el drama puede ser sutil y sofisticado”.
La realidad, combustible de Carlos Duplat
Duplat no llegó a esa mirada por casualidad. Vivió cuatro años en los calabozos de La Picota, torturado bajo el Estatuto de Seguridad del presidente Julio César Turbay Ayala por su cercanía —más intelectual que militante, según ha dicho— con el M‑19. Su amistad con Jaime Bateman lo aproximó a ese mundo.
También pasó por la revista Alternativa, fundada por Gabriel García Márquez y Enrique Santos Calderón, donde coordinó diseño y maquetación en sus primeros números. Salió pronto por tensiones políticas internas.
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Esas experiencias, dice, le permitieron ver “al país condensado” y terminaron filtrándose, transformada, en sus historias.
‘Fronteras del regreso’: migración y controversia
Tras Amar y vivir llegó Fronteras del regreso, escrita con su esposa y coequipera, Luz Mariela Santofimio. La serie contaba la tragedia del indocumentado: Eduardo (Orlando Valenzuela) pierde la memoria y cae en un submundo de delincuencia, prostitución y exclusión, mientras su esposa, Alejandra (Maribel Abello), lo cree muerto.
“De lo popular, porque allí existen los mundos en los que todos quieren verse reflejados. En esa ‘colombianidad’ que debe contarse en un medio popular como la televisión”, Carlos Duplat
El realismo encendió debates cuando apareció Jenny, “la pereirana” (Marcela Gallego). El apodo molestó en Pereira y terminó eliminado, pese a la defensa de la actriz: que un personaje fuera de esa ciudad no estigmatizaba a sus mujeres.
Los Victorinos, maldición, censura y clímax
La adaptación de Cuando quiero llorar no lloro, de Miguel Otero Silva, fue otro salto. Los Victorinos narró la vida de tres jóvenes con el mismo nombre y fecha de nacimiento, pero de distintos estratos: Victorino Moya (Ramiro Meneses), de clase baja; Victorino Perdomo (Ricardo Gómez), de clase media; y Victorino Umaña (David Guerrero), de clase alta. Un mentalista (Reihman) anuncia la maldición: “Cuando Victorino se encuentre con Victorino y Victorino, Victorino morirá”.
Duplat volvió a mezclar calle con códigos del cine negro y el universo mafioso, sin el cliché del “rico con la pobre”. Hubo escenas rodadas en prostíbulos, cárceles y hospitales reales. La actriz Patricia Grisales recuerda que, como madre de Victorino Perdomo, grabó con reclusos y recibió a un bebé recién nacido para una escena de parto.
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El Consejo Nacional de Televisión suspendió la serie durante un mes por considerarla riesgosa para audiencias infantiles; volvió al aire en horario más tarde. Hasta el final (alerta de spoiler) la violencia marcó la historia: el Victorino pobre muere desangrado; el de clase media, abatido a tiros; y el rico, se suicida.
Método Duplat, personajes con fuerza
Para Dago García, en los 80 la TV comenzó a mirar la realidad de frente con nombres como Pepe Sánchez y Jorge Alí Triana; Duplat fue de los primeros en adentrarse en la marginalidad, territorio hasta entonces del cine. Luis Eduardo Motoa, protagonista de Amar y vivir, sostiene que, gracias a Duplat, por primera vez se habló de una historia popular, no costumbrista, en la televisión nacional.
El propio Duplat admite que, en Los Victorinos, se vio reflejado en Victorino Perdomo: “Como él, estuve en el seminario y renuncié para buscar la vida que quería, con todas sus frustraciones”, dice entre risas. Ramiro Meneses, quien fue Victorino Moya en la serie, añade que Duplat contempla la pobreza no solo como carencia, sino como poesía y universo, doloros, lleno de dignidad.
La introducción de Los Victorinos es una de las mejores en la historia de la televisión colombiana.
El tándem con Luz Mariela Santofimio fue clave, pues juntos afinaron personajes, sumaron escenas nacidas en deshuesaderos, inquilinatos y el mundillo de los políticos corruptos, y se apoyaron en la mirada de Germán Escallón.
Legado de Carlos Duplat
Duplat consolidó un dramatizado de nervio popular y ambición estética. Su obra probó que la televisión podía contar la calle sin paternalismo ni morbo, y que el melodrama, bien escrito, también piensa al país.
En sus historias había delincuentes, policías, taxistas, secretarias, proxenetas, vecinas de barrio y políticos de pasillo, pero nunca como caricaturas de libreto perezoso. Duplat sabía que la calle tenía música propia y la dejaba entrar: en los parlamentos, en los silencios, en el modo de mirar de sus actores. Esa mezcla de oficio teatral, pulso cinematográfico y paciencia para ensayar escenas hasta encontrar el tono convirtió sus dramatizados en escuela: para guionistas, directores y actores que hoy siguen viendo en sus series un manual de ritmo, atmósfera y verosimilitud.
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Por eso, cuando se vuelve a la introducción de Los Victorinos o a cualquiera de sus grandes títulos, no solo reaparecen los personajes: se abre una época de la televisión colombiana en la que todavía se creía que el prime time podía arriesgar. El legado de Carlos Duplat no se mide solo en puntos de rating, sino en la memoria afectiva de quienes crecieron viendo sus historias y en la certeza de que, alguna vez, nuestras ficciones masivas se atrevieron a mirar de frente al país que las veía.
* Periodista que trabajó en El Tiempo y en la revista Elenco, entre otros. En Twitter: @chjimeneze

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