Alfaro, Lucumí y la otra historia de la Vuelta a Colombia

José Armando Alfaro corría con un escapulario enorme. Jesús María Lucumí, con el peso de ser el ciclista negro de la Vuelta. Ninguno fue campeón, pero ambos quedaron en la memoria popular de una carrera que también se escribe desde la cola del pelotón.

José Armando Alfaro y Jesús María Lucumí, ciclistas recordados por su papel singular en la historia popular de la Vuelta a Colombia.
José Armando Alfaro y Jesús María Lucumí, en imágenes de los años sesenta.


Por José Ángel Báez A.

Una vez, el ‘Zipa’ Efraín Forero, el gran campeón, frenó al pelotón para que José Armando Alfaro entrara solo a Facatativá. No era el líder de la Vuelta a Colombia ni el hombre llamado a ganar la carrera, pero era el ciclista del pueblo: ferroviario, devoto, conversador y terco. Un corredor que casi siempre aparecía en la parte baja de la tabla y, aún así, tenía reconocimiento.

Ese saludo quedó registrado en la VI Vuelta, según una crónica de El Tiempo del 13 de junio de 1956: “Pasa por su pueblo natal siempre en lugar prominente. Este año volvió a repetirlo, abundó en escapadas, pero le faltaron pulmones y piernas”.

Jesús María Lucumí recuerda una escena parecida en El Campín, años después de su victoria más importante. Antes de un clásico entre Santa Fe y Millonarios, el partido no comenzó hasta verlo entrar. Los punteros ya habían cruzado la meta, la etapa ya tenía ganador, pero faltaba él. La carrera, al menos para la gente, solo terminaba cuando llegaba Lucumí.

Entre esas dos llegadas se puede ver la otra historia de la Vuelta a Colombia, no la de los grandes campeones, como Ramón Hoyos, Cochise o Rafael Antonio Niño, más bien la de los corredores que cerraban el pelotón y que, sin embargo, eran esperados. La clasificación general registra tiempos, puestos y diferencias, jamás el cariño del aficionado.

El ciclista avanza junto a una fila de mujeres que extienden ramos durante una etapa de la Vuelta a Colombia, años 50.
José Armando Alfaro recibiendo ramos al borde de la carretera, un gesto de bienvenida y bendición habitual en las primeras Vueltas a Colombia. Foto: archivo particular

Alfaro y Lucumí corrieron en una misma época y se parecen por la forma en que quedaron registrados en la historia. Al cundinamarqués  lo evocan por su escapulario gigante, las colectas para que pudiera competir y las anécdotas de carretera. Al caucano, nacido en Popayán el 25 de junio de 1936, lo recuerdan por algunas fugas, por su pinta, por una etapa ganada en la Vuelta a Colombia de 1957 y por una marca que lo acompañó siempre: era negro, el único ciclista negro que corrió esta competencia en toda su historia. 

Entre el pueblo y el batallón

En Facatativá le hicieron ‘vaca’. Los ferroviarios pusieron plata. Los vecinos ayudaron a completar lo necesario para comprar bicicleta, pagar viajes y conseguir comida. Alfaro era un ciclista sin patrocinio, aunque no corría solo. Detrás de él iban el pueblo, la estación, la parroquia y una red de gente que lo sentía tan propio como una fiesta patronal.

Lucumí, en cambio, corrió con las Fuerzas Armadas. Tuvo hotel, mecánico, alimentador (su hermano Ramiro), bicicleta, tubulares y comida en plena carrera. Mientras Alfaro corría la Vuelta pagando una promesa, Lucumí la pedaleaba como soldado. Su equipo funcionaba casi como un batallón, con jerarquías, órdenes y gregarios. Él mismo lo explica así: “Cuando había que trabajar para el capo, tocaba poner el pecho al viento hasta quedar casi vacío”.

La comida también los separa y los junta. Lucumí recuerda sus desayunos con avena, banano, bocadillo con leche, pan, arepa y huevos. Ya en la carretera llevaba bocadillo veleño, agua de panela, avena y Pony Malta.

Alfaro aparece en los recuerdos de Jairo Armando Becerra, periodista facatativeño, como un corredor capaz de rezagarse del lote para almorzar igual que cualquier parroquiano o para cambiar él mismo un neumático. Lo recuerda, sobre todo, bajándose en plena etapa a servirse morcilla y fritanga en un comedero de carretera, y luego volviendo a montar como si nada. Su hija Sandra completa la escena. Dice que, después de esos almuerzos rápidos, su padre podía soltar una frase tan insólita como reveladora: “Que la Virgen les pague”.

Cada artículo de prensa o testimonio no los deja junto al campeón, los ubica en la parte menos gloriosa de la Vuelta, la del tubular roto, el polvo pegado a la cara, el carro asistente que no llega y los minutos corren, el público que grita y el locutor que agranda con palabras lo que en la carretera tal vez es solo martirio.

Jesús María Lucumí, ciclista colombiano, aparece con uniforme de competencia y acompañado por otros corredores durante una Vuelta a Colombia.
Jesús María Lucumí, corredor caucano de las Fuerzas Armadas, una figura singular de la Vuelta a Colombia.

Lucumí pesaba 76 kilos y medía 1,72 metros, aunque ahora, cerca de los 90 años, dice que ha perdido centímetro y medio de estatura. Era macizo, de gafas oscuras, hombros anchos y cuerpo hecho más para el llano que para la cuesta. Para no engordar entrenaba cien, ciento cincuenta, a veces doscientos kilómetros en una semana. “El tema del ciclismo es muy complejo. Uno puede estar en forma, pero si camina demasiado o permanece mucho tiempo de pie, pierde inmediatamente la forma”, dice.

Alfaro tenía otra relación con el cuerpo. Antes de hacer de la bicicleta su vocación, y antes de cargar en el pecho un escapulario, tanteó los cuadriláteros. La extinta revista Deporte Gráfico cuenta que su entrenador, furioso por un buen golpe del pupilo en una práctica, le devolvió un gancho que lo bajó del ring y lo mandó a buscar otro deporte. De esta manera, pudo ser atleta y participó tres veces en la maratón entre Girardot y El Espinal. Alguna vez consiguió el respaldo de una fábrica de calzado deportivo, pero el apoyo terminó mal cuando lo obligaron a usar zapatillas nuevas, las del mecenas, y acabó retirándose con ampollas enormes.

Después de un accidente en una volqueta, cuando le fracturaron la columna y las costillas, prometió subir nueve domingos a Monserrate y correr una Vuelta patrocinado por la Virgen del Carmen. Subía como podía, enyesado, acompañado por un hijo, desde la madrugada hasta la tarde. Una mañana despertó convencido de que estaba curado, buscó cómo quitarse el corsé y volvió a la bicicleta.

Por eso Alfaro parecía más personaje que ciclista. La historia lo tiene encasillado y omite que debajo del escapulario había piernas fuertes, mucha hambre y valentía. Pinchaba, pedía ayuda, seguía, subía, se quedaba, volvía. La prensa y la gente lo miraban con gracia. Él se tomaba en serio su promesa, la Virgen era su patrocinadora.

Solo en el pelotón

Lucumí también fue convertido en personaje, pero por otra razón. Él mismo dice que su presencia causaba curiosidad porque era un negro montado en una bicicleta. La gente lo animaba con cariño, le gritaba “vamos, negrito Lucumí”, corría a su lado en las cuestas y lo esperaba en las llegadas. Pero esa admiración venía mezclada con una mirada de rareza. Su presencia desentonaba en un pelotón donde casi todos eran del mismo país mestizo y campesino que el ciclismo había vuelto norma.

Él no recuerda agresiones ni insultos directos en el asfalto o dentro del lote. Dice que en la carrera no sintió el racismo de frente, aunque sí lo conoció en la vida de a pie y en la calle. La memoria de Lucumí apaga y prende, pero todavía alcanza para recordar nombres, etapas, comidas, dolores y frases de la carretera. Y, sobre todo, una certeza: en Colombia el racismo existe, “y uno aprende a manejar esa situación”.

Cuando era niño en el Cauca quiso ser monaguillo y un sacerdote le respondió que no podía porque era “negrito”. Después vino el niño que trabajó temprano, el joven que aprendió a montar en una bicicleta prestada por un primo, el soldado que corrió por Fuerzas Armadas, el gregario que rompía el viento, el hombre que ganó una etapa y todavía tiene que aclarar que no siempre llegaba de último.

Pero la memoria de Jesús María Lucumí no es la única. Serafín Bernal, también de 90 años y uno de los pocos ciclistas lúcidos que quedan de esa generación, recuerda otra cosa. No habla desde la teoría ni desde el lenguaje de un sociólogo o un antropólogo, sino desde lo que vio en el pelotón: Lucumí era “el único corredor moreno, negrito”, un ciclista bueno, inquieto, siempre buscando la fuga, pero con poca acogida entre los demás.

Collage con recortes de prensa sobre José Armando Alfaro y fotos personales: él pedaleando en un jardín y su última bicicleta.
Recortes de los años 50 y 80, más fotos familiares (‘Alfaro, el gran solitario’ y ‘El corredor de la Virgen’) trazan la ruta de José Armando Alfaro.

Cuando se le pregunta por qué no cuadraba bien en el grupo, Bernal reconoce sin rodeos: “Por el color”. Después hace una pausa, como quien mira hacia una época que no sabía nombrar las cosas, y añade: “Para mí, pues uno no entendía eso, pero de todas maneras sí era racismo en ese tiempo”.

La frase no desmiente del todo a Lucumí, quizá no quiso recordarlo así. Bernal deja una imagen menos amable del pelotón, la mayoría de los ciclistas, dice, se mantenía alejada de él, no le conversaba mucho.

Lucumí, en su lugar, seguía en lo suyo. Buscaba fugas. Se hacía nombrar por la radio, corría para que su nombre pasara por encima del aislamiento. En una Vuelta transmitida  por alguna emisora, hacerse nombrar era una forma de no desaparecer.

Bernal lo recuerda como un personaje y corredor correcto. Lucumí no era una curiosidad, mejor decir que fue un ciclista bueno, inquieto y valiente, al que muchos no terminaron de aceptar.

En El Tiempo del 6 de mayo de 1971, en una nota titulada “Los cuidados para ‘Cochise’”, aparece el alimentador ‘Pepo’, descrito como cuidador del equipo de Cundinamarca. Allí cuenta una anécdota sobre Lucumí. Dice que tuvo que acompañar “al negro José María Lucumí”  y que, en mitad de la carrera, el ciclista le exigía gafas oscuras para protegerse del sol. Luego viene la frase dura: “Negro engrupido ese…”. Y remata diciendo que esa fue la experiencia“más negra” que había tenido en las Vueltas.

La frase importa porque no aparece como denuncia, sí como un chiste. Ahí se ve una época en la que el racismo podía mostarse en la sección deportiva disfrazada de anécdota.

La etapa que ganó para siempre

El 6 de julio de 1957, Jesús María Lucumí triunfó en la etapa entre Girardot y Bogotá. Él recuerda el momento como si todavía estuviera sobre el sillín. Al comenzar la cuesta hacia Fusagasugá lo dejaron atrás. Más adelante alcanzó al grupo, pasó de largo y nadie lo persiguió porque no lo veían peligroso.

Entonces apareció el carro militar y su entrenador con voz de mando lo empujó: “Vamos, soldado Lucumí”. Y respondió: “Como ordene, mi coronel Arámbula”. Siguió con paso redondo, pasó primero por Fusagasugá, sostuvo la ventaja hasta el alto de San Miguel y llegó a Bogotá solo, así ganó una etapa que le alcanzaría para toda la vida.

Jesús María Lucumí entra al estadio El Campín con la mano en alto tras ganar la etapa Girardot-Bogotá de la Vuelta a Colombia de 1957.
Jesús María Lucumí entra al estadio El Campín después de ganar la etapa Girardot-Bogotá en la Vuelta a Colombia de 1957. Una nota publicada por El Tiempo.

El registro gráfico de El Tiempo aparece entrando al estadio El Campín con la mano en alto, solo, después de cubrir la distancia entre Girardot y Bogotá. En otra, se le ve en el Alto de San Miguel, todavía en plena carretera, rodeado de espectadores y seguido por un carro. La página tituló: “Victoria del negro Lucumí y grandioso recibimiento”. La crónica lo llamó “el moreno Jesús M. Lucumí” y registró que su llegada tuvo aplausos, música y flores. Era la consagración momentánea de un corredor que ese día obligó a todos a mirarlo.

No conserva casi nada material de su paso por el ciclismo. Dice que fue andariego y que, cuando tuvo un taller de ciclas en Bogotá, le robaron las copas y las cosas que había guardado. De las siete vueltas que disputó queda lo que está en su memoria intermitente, y una forma tardía de reconocimiento que a él le parece enorme: aparecer en internet.

“Hoy en día, gracias a Dios, figuro en internet y eso para mí es bastante. Porque en internet aparecen los que son bien bandidos o las personas que han hecho cosas buenas para la humanidad. A mí eso me llena de satisfacción, porque en internet no hablan de todo el mundo”, dice.

Lucumí todavía se defiende de una leyenda menor, la de haber sido siempre el último. Dice que no. En la Vuelta había límites de tiempo y al corredor que entraba por fuera lo retiraban. Él perdió minutos, sufrió en la montaña y trabajó para otros, pero casi siempre llegó dentro de lo mandado. Lo que sí ocurrió fue más raro. Una vez intentaron retirarlo de la carrera. El Tiempo registró el caso el 28 de mayo de 1966 con el titular “Por ‘remolque’ se elimina a Lucumí”. La nota decía que “el moreno corredor de Cundinamarca, Jesús María Lucumí, no podrá tomar la salida” de la etapa siguiente porque, según la dirección de la prueba, había sido ayudado por una patrulla de la Policía Vial “en un tramo no inferior a los 40 kilómetros”.

La rareza no estaba solo en el remolque, sino en la reacción. El delegado de Cundinamarca, Jaime Rincón Rubio, “amenazó con realizar un bloqueo de la vía” para impedir la salida de la caravana y retirar a su delegación. En otra nota de ese mismo día, El Tiempo informó que Lucumí salió “prácticamente en forma extraoficial”, aunque minutos antes se había anunciado su eliminación.

El ciclista recuerda el episodio de otra manera. Dice que iba sin piernas hacia La Dorada, que le pidió a su hermano Ramiro la caramañola y que no la soltara todavía. Los jueces lo vieron. Para el reglamento rompió la norma. Para él solo fue un momento de agotamiento.

Lo importante es lo que vino después. No estaban defendiendo a un candidato al título ni a un hombre decisivo para la clasificación. Pedían que dejaran seguir a un corredor obstinado. Más allá del color de piel, defendían a alguien que había sufrido con ellos en las cimas, en las carreteras rotas, entre el lodo y el cansancio.

El antioqueño Javier “Ñato” Suárez, campeón de la Vuelta a Colombia de 1965, lo resume con franqueza: “Uno recuerda mejor a los que iban adelante, a los que buscaban ganar etapas, a los que estaban en la pelea. De los últimos, uno no detalla mucho”. La frase ayuda a entender el lugar hoy de Lucumí y Alfaro. No desaparecieron de la ruta, los borró una memoria deportiva acostumbrada a mirar a los que estuvieron en la punta.

El ciclista de la Virgen

Alfaro no puede hacer aclaraciones. Murió en 1993 y su historia quedó en manos de Sandra, de las fotos familiares, de los recortes y de los objetos: el escapulario grande, las herramientas para arreglar bicicletas, las medallas, las imágenes de un hombre que preparaba jóvenes pedalistas en Facatativá, trabajaba en carreteras, arreglaba lo que podía y seguía montando incluso cuando el cuerpo ya no estaba para carreras.

Por eso su hija insiste en que los matices importan. Su padre no fue solo el corredor de la Virgen ni el hombre de las anécdotas graciosas. Justo saber que hizo cuatro Vueltas sin patrocinador, que una vez pagó para competir con sus cesantías de los Ferrocarriles y que tocó puertas de empresas sin conseguir apoyo.

José Armando Alfaro, el ciclista de la Virgen, y Jesús María Lucumí, corredor de las Fuerzas Armadas, en imágenes históricas de la Vuelta a Colombia.
José Armando Alfaro, con su escapulario de la Virgen del Carmen en el pecho, y Jesús María Lucumí, con sus gafas para protegerse del sol y el polvo.

En El Espectador, el jueves 3 de septiembre de 1987, contó que la única vez que tuvo carro acompañante fue con un vehículo tan viejo que llegaba cinco o seis horas después del último corredor, que muchas veces era él.

En la revista Mundo Ciclístico, José Armando Alfaro dijo que después de hacer la promesa consiguió 4.000 pesos para los implementos: “Compré bicicleta, caramañola, tubulares y algo de comida para arrancar”. Tenía 37 años y casi no había entrenado para participar en la Vuelta de 1960.

Como no alcanzaron a entregarle la camiseta bordada con la imagen de la Virgen que había encargado, acudió a las monjas Carmelitas en Cúcuta y le dieron dos escapularios, uno grande y otro pequeño. Al principio dudó, pero terminó poniéndose el de mayor tamaño.

Poco después, subiendo a Anserma, se insoló. Cuando creía que ahí terminaba su promesa, apareció una viejita que bajó de un rancho y le dio una «totuma de jarabe”. “Ahí estuvo el milagro; recuperé la fuerza”, contó en aquel artículo.

El escapulario también produjo mitos. Dicen que el ‘paisa’ Ramón Hoyos, cinco veces campeón de la Vuelta a Colombia, le pidió a Alfaro que intercediera ante la Santísima por un orzuelo que lo tenía medio ciego. La historia asegura que se curó. El dato importa menos como milagro que como señal de cómo el escapulario empezó a producir historias alrededor del cundinamarqués.

Los curas lo acompañaron con prudencia desde el púlpito. En Tunja, lo cuenta la prensa y lo refrenda la familia, un sacerdote le aconsejó: “Aténgase a la Virgen y no corra, ¿oyó?”.

En Pamplona, durante una competencia, la radio entrevistó al obispo de esa ciudad y le pidió un mensaje para el ciclista del escapulario: “Está muy bien que corras por la Virgen del Carmen, pero pedalea, hijo, pedalea”. José Armando Alfaro, al final, fue penúltimo lugar.

Ahí se entiende mejor el humor que rodea su historia, detrás de su épica había precariedad. Si se bajaba a resolver un problema mecánico o a buscar comida, no era solo porque fuera pintoresco, muchas veces no había quien lo hiciera por él.

Alfaro casi siempre llegaba lejos de los primeros, pero dejaba una historia en cada etapa. La leyenda religiosa que lo rodeó no salió de la nada, detrás del escapulario estaban los 4.000 pesos conseguidos con esfuerzo, la bicicleta comprada para cumplir una promesa, las ruedas, la comida escasa, la insolación y una totuma de jarabe que él recordaba como milagro.

Dos formas de soportar la montaña

José Armando Alfaro no fue una extravagancia aislada. Antes del escapulario ya estaba Bojacá. En 1953, según registró El Tiempo, corrió una Doble a Albán con el dorsal 54 y dedicó la prueba a la Virgen de la Salud de Bojacá, la misma que, según la nota, “le devolvió la salud tras una fractura”. Años después vendría la promesa mayor, la Virgen del Carmen y el escapulario grande que era muy visible en su pecho.

Esa fe no era una fachada. Pertenece a una forma colombiana de entender la montaña, afrontarla con promesas religiosas. El periodista inglés Matt Rendell lo resume al recordar las subidas al santuario de la Virgen de Morcá, en Sogamoso, con los pedalistas profesionales Chepe González, Iván Parra y Javier González. Momentos en los que confirmó lo que ya sabía, que cuando el cuerpo flaquea y las piernas pesan, todo queda en manos de la devoción. En Europa mandan los datos; aquí las señales de la cruz o el en «vos confío».

El francés Guy Roger llevó esa imagen al extremo en el libro Egan Bernal y los hijos de la cordillera. Alfaro, si iba adelante, podía bajarse de la bicicleta, arrodillarse y rezar a la Virgen del Carmen y a los santos mientras la caravana esperaba porque, para este ciclista, la meta no siempre estaba al final de la etapa. A veces estaba en cumplir sus promesas.

José Armando Alfaro cruza un puente colgante con una camioneta de apoyo detrás; montaña rocosa al fondo; foto en blanco y negro, década de 1950.
José Armando Alfaro atraviesa el Puente Navarro, en Honda, en 1951, mientras un carro de apoyo lo sigue de cerca: estampas clásicas de las primeras Vueltas a Colombia, entre tablones de madera, metal y polvo. Foto: archivo particular

Lucumí asumió el ciclismo desde la disciplina. Entró a las Fuerzas Armadas a los 17 años, con permiso de su papá, y allí la bicicleta también obedecía a una lógica de cuartel. Había entrenadores, órdenes, jerarquías, alimentación, mecánicos, acompañantes y un jefe de equipo para quien trabajar. Lucumí entendía el cuerpo como entienden los obreros sus herramientas, si se dañaba, no había trabajo.

Y tenía sus propios modos de recuperación. Decía que no era conveniente echarse agua helada en la cabeza después de un esfuerzo fuerte. En las etapas de calor, el acompañante llevaba agua, pero al clima. Cuando el masaje no bastaba, pedía agua fría y se la dejaban caer en gotas desde los pies hacia arriba. Según él, eso oxigenaba la sangre y le daba un descanso placentero.

La Vuelta también tenía sus jerarquías fuera de la carretera. La Federación conseguía hoteles, comida y casas cuando los pueblos no tenían hospedaje suficiente. Los primeros de la clasificación solían recibir las mejores atenciones, los últimos iban a lugares más modestos. Lucumí recuerda ese orden como parte natural de la carrera. La clasificación general no solo marcaba el prestigio, también podía definir la cama, la comida y el trato al final de la etapa.

Ese mundo de órdenes, equipos y jerarquías también le dio una forma de reconocimiento. En junio de 1955, El Tiempo registró la lista de invitados a un almuerzo presidencial ofrecido a representantes del deporte nacional en Melgar. El presidente era Gustavo Rojas Pinilla, también general, y entre ciclistas como Ramón Hoyos y Efraín Forero aparecía Jesús María Lucumí, inscrito por Fuerzas Armadas. Antes de ganar su etapa de 1957, su nombre ya había entrado, aunque fuera por un instante, en una nómina oficial del ciclismo colombiano.

Pero esa entrada dice también otra cosa. Lucumí pudo correr porque alguien le abrió una puerta. Y así se puede entender por qué casi no hay ciclistas negros en Colombia. El entrenador Luis Fernando Saldarriaga no habla de falta de talento, sino de falta de acceso. Para correr se necesitan bicicleta, carretera, tiempo y apoyo. En el mundo campesino andino, la bicicleta hace parte del trabajo, del transporte y de la vida diaria; en muchas comunidades negras, como también sugiere Lucumí, no ocupa ese mismo lugar ni abre las mismas posibilidades.

Ahí se marca una diferencia entre los dos. Alfaro encomendaba y Lucumí calculaba. Uno convertía la promesa en fuerza, el otro hacía del cuerpo un oficio. Los dos subían la misma montaña, pero sus formas eran distintas para enfrentarla.

La memoria que queda

Al final, la diferencia entre los dos también está en el tiempo. Alfaro pertenece a una memoria heredada, pues queda por la voz de su hija, por las fotos guardadas, por los recortes, por el escapulario que sobrevivió. Lucumí todavía habla con pausas, ansiedad, orgullo y ganas de que le crean cuando dice que corrió, ganó y que, alguna vez, un estadio lleno lo esperó.

José Armando Alfaro no fue campeón, pero Facatativá lo festejó por haber resistido la primera Vuelta a Colombia, la de 1951. Terminó lejos de Efraín Forero, el ganador, pero terminó. En una carrera todavía nueva, incierta, de diez etapas y 1.157 kilómetros, llegar a Bogotá ya era una hazaña. Cuatro meses después, el pueblo le organizó un homenaje con trofeos, dirigentes, corredores y una tarima insólita: Chela Gallardo, un tenor de La Scala, una soprano de la Ópera de Roma, Aura de Velosa, Enrique Pontón, Leonor Serrano y Osvaldo Pinzón. A un ciclista de carretera, hecho polvo y harapos, lo celebraron con música culta.

Lucumí tomó otro camino. Después de la bicicleta siguió hablando del tema negro, fundó Afrocolombia Viva, escribió sobre formación étnica y en 1994 aspiró a la Cámara de Representantes. No fue caudillo ni político profesional, más bien un hombre que siguió buscando cómo hacerse oír, primero en las emisoras que cubrían la Vuelta, luego en la discusión sobre el racismo.

Entre José Armando Alfaro y Jesús María Lucumí queda una escena pequeña. Varias veces coincidieron atrás, en la cola de la carrera. Lucumí recuerda a Alfaro como “una persona tranquila que no se preocupaba por llegar de último». En una de esas etapas, el facatativeño lo invitó a almorzar. Aceptó. Comieron rápido y siguieron. Nada más. No recuerda que Alfaro haya dicho al salir del restaurante“que la Virgen les pague”.

Uno llevaba un escapulario que la gente volvió talismán. El otro llevaba encima la rareza de ser el ciclista negro de la Vuelta. Ninguno entró a la lista de campeones. Los dos, sin embargo, quedaron en la memoria, que no siempre coincide con la tabla de posiciones.

Si se leen las clasificaciones, ambos aparecen abajo y poco. Si se hojea el país, aparecen en todas partes.

Con apoyo de investigación de archivo de María Constanza Jiménez.

1 comentario en “Alfaro, Lucumí y la otra historia de la Vuelta a Colombia”

  1. Que ejemplo de vida como padre….José Armando Alfaro sembrando fuerza de voluntad, entrega total por lo que se hace con amor, disciplina, resiliencia, fuerza en el espíritu, enfoque al propósito desde el alma, fe, esperanza, compromiso, liderazgo, humildad, servicio con amor y muchas cosas más, que no solo son el fruto de mi éxito en la vida: como ser humano, como hija, como profesional; sino que le abrieron las puertas y caminos al ciclismo en Colombia. ¡ Gracias Papá, héroe del ciclismo, corredor de la Virgen del Carmen ! …….
    Sandra Patricia Alfaro B

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