El general del Tercer Reich que se negó a morir por Hitler

Friedrich Paulus, en Stalingrado, no es solo una anécdota militar, es el momento en que desobedecer a Hitler significó sobrevivir. Su decisión no solo lo convirtió en prisionero soviético, sino en una figura clave para entender las grietas internas del Tercer Reich.

Friedrich Paulus, mariscal alemán en Stalingrado durante la Segunda Guerra Mundial.
El mariscal Friedrich Paulus en el frente oriental, poco antes de la rendición del 6.º Ejército en Stalingrado.

El pasado 16 de agosto se conmemoraron 80 años del fin de la Segunda Guerra Mundial. En Alemania, la fecha estuvo marcada por la memoria de la derrota y la reflexión sobre las heridas que aún dividen el recuerdo colectivo. Entre esas cicatrices, ninguna resulta tan dolorosa ni tan ambigua como la de Friedrich Paulus, que capituló en Stalingrado ante el Ejército Rojo en enero de 1943 y cuya figura encarna, todavía hoy, las tensiones entre obediencia, deber y traición.

Una misión imposible

Paulus fue un militar disciplinado, ascendido meteóricamente hasta convertirse en comandante del 6.º Ejército alemán, la principal fuerza que Hitler lanzó contra la Unión Soviética en 1942. Su destino quedó sellado en Stalingrado, donde más de 300.000 soldados alemanes fueron cercados. El 23 de noviembre de 1942, en un radiograma desesperado al Führer, escribió:

“Tanto las municiones como el combustible se terminan. El Ejército camina rápidamente hacia su aniquilamiento si no se logra destruir al enemigo concentrando todas las fuerzas disponibles… Me hago responsable de la gravedad de este comunicado y añado que los generales con mando enjuician la situación del mismo modo que yo. ¡Le ruego que me conceda plenos poderes para actuar!”.

Pero Hitler nunca aceptó la retirada. Ordenó resistir hasta el final. Cuando la derrota era ya inevitable, el 30 de enero de 1943 ascendió a Paulus a mariscal de campo, con la clara intención de empujarlo al suicidio. “Ningún mariscal alemán ha caído prisionero”, le recordó. Paulus se negó: “No me pegaré un tiro por este cabo bávaro”, habría dicho. Al día siguiente se rindió en un sótano de la fábrica de tractores de Stalingrado.

El historiador y periodista alemán Walter Görlitz (1913–1991), conocido por sus investigaciones sobre la Segunda Guerra Mundial y la estructura del poder militar nazi, publicó en 1959 Paulus und Stalingrad, una obra clave para comprender la derrota alemana en el frente oriental. 

Friedrich Paulus, en Stalingrado

La obra no es una mera narración bélica. Combina memorias, documentos oficiales, cartas privadas y reflexiones del propio mariscal. En palabras del prólogo escrito por su hijo Ernst Alexander, la intención fue combatir las leyendas y los relatos sensacionalistas que hasta entonces habían dominado la historia de Stalingrado:

“El nombre de la ciudad de Stalingrado posee aún hoy día un significado especial para todos los alemanes. La batalla por Stalingrado debe considerarse como la más contradictoria de todas las libradas en el curso de la Segunda Guerra Mundial. (…) Siempre recordaré la amargura que se apoderó de mi padre cuando al ser liberado del cautiverio ruso vio con qué ligereza y superficialidad, y también con qué prejuicios, se juzgaba los acontecimientos de los años 1942 y 1943”.

Aunque la obra circuló en varios idiomas desde los años sesenta, la traducción al español,  Stalingrado y yo: memorias del hombre que rindió Stalingrado, solo llegó en 2017, casi seis décadas después, lo que permitió al público hispanohablante acceder por primera vez a este clásico de la historiografía bélica.

El epílogo de Stalingrado

Y dentro de los archivos y relatos de esta publicación es evidente que la tragedia también alcanzaba su vida personal. Atrapado en el cerco, alcanzó a enviarle a su esposa Elena una de sus últimas cartas, fechada el 7 de diciembre de 1942:

“Me enfrento actualmente con una difícil misión, pero confío poder solventarla muy pronto. Y entonces te escribiré con mayor frecuencia. Puedes estar segura de que tan pronto como sea humanamente posible me tomaré un largo permiso…”.

Pero ese “largo permiso” nunca llegó. Elena murió en Baden-Baden en 1949, sin volver a ver a su marido. La Gestapo, además, hostigó a su familia tras su colaboración con los soviéticos. Su apellido se convirtió en sinónimo de derrota: a su esposa incluso le sugirieron cambiarlo.

En el epílogo del libro, Paulus intentó explicar sus decisiones. Recordaba que la batalla tuvo tres fases: el avance hacia el Volga, el cerco soviético de noviembre y, finalmente, la resistencia agónica hasta enero de 1943. Justificó su actitud con un argumento central: había obedecido para evitar un colapso total del frente oriental.

“Tal como se presentaba la situación a fines de 1942, creí actuar en interés del pueblo alemán resistiendo todo el tiempo posible en Stalingrado. Proceder contra las órdenes recibidas representaba asumir la responsabilidad de una operación que ponía en juego el destino de las fuerzas vecinas… ¿Acaso la perspectiva de morir o de caer prisioneros nos libera de obedecer las órdenes recibidas? Que cada cual en su corazón responda a estas preguntas”.

Sus palabras revelan la paradoja: sabía que conducía a sus hombres al sacrificio, pero creía estar cumpliendo con su deber. Para muchos alemanes, aquella decisión sigue siendo objeto de reproche y debate.

Cautiverio y política

Tras su rendición, Paulus pasó más de una década en cautiverio soviético. Fue testigo en Núremberg y en 1944 se unió al Comité Nacional por una Alemania Libre, impulsado por oficiales prisioneros y comunistas alemanes en Moscú. Ese paso selló su reputación en Occidente como un traidor. Sin embargo, él lo justificaba como una toma de conciencia sobre los crímenes del nazismo: “Llegué a la conclusión de que los alemanes habían cometido una tremenda injusticia, una violación del derecho internacional”.

Video que relata cómo transcurrió el interrogatorio a Paulus en manos del Ejército Rojo.

En 1953 fue liberado y se instaló en Dresde, en la República Democrática Alemana, donde vivió bajo estrecha vigilancia. Convertido en símbolo propagandístico, nunca volvió a reencontrarse con los suyos en el Oeste.

La enfermedad y la muerte

En 1955 fue diagnosticado con una afección cerebral degenerativa que le paralizó progresivamente los músculos, aunque no su lucidez intelectual. Murió en Dresde en 1957, a los 66 años. Fue enterrado junto a su esposa en Baden-Baden. Durante sus últimos días, dice Görlitz, mostró la misma serenidad que había exhibido en Stalingrado cuando comprendió que todo estaba perdido.

La memoria de un derrotado: Friedrich Paulus, en Stalingrado

En Alemania, la figura de Friedrich Paulus sigue dividiendo opiniones. Para algunos, fue un oficial que cumplió con su deber en condiciones imposibles; para otros, un ejemplo de cobardía y oportunismo. Su caso ilustra el dilema moral de una generación de militares atrapados entre la obediencia a Hitler y el deber hacia su pueblo.

Como escribió en el epílogo de su obra:

“Ante la tropa y los mandos del Sexto Ejército, así como ante el pueblo alemán, cargo con la responsabilidad de haber cumplido con mi deber al resistir hasta el final, tal como se me había ordenado”.

Ochenta años después del final de la guerra, esas palabras resuenan como testimonio de una época donde el sacrificio y la obediencia se confundieron con la tragedia. Stalingrado no fue solo una derrota militar: fue el punto de quiebre que selló la caída del Tercer Reich y marcó para siempre la memoria de un mariscal que eligió rendirse antes que inmolarse por un dictador.

📬 Suscríbete al boletín de La rueda suelta

Crónicas, ideas e historias cada semana para pensar distinto.

Suscribirme

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *