Leopoldo M. Bernucci muestra cómo Rivera convirtió la ficción en una forma de justicia simbólica frente al horror del caucho. ‘La vorágine’ en Brasil
En 2024 se cumplieron cien años de la publicación de La vorágine, la novela más emblemática de José Eustasio Rivera. La efeméride no fue solo una celebración editorial, sino una invitación a releer un texto que sigue incomodando. Porque, más que un clásico, La vorágine es una herida abierta. Una novela que no se limita a narrar la selva, sino que la convierte en experiencia, en lenguaje, en conflicto. Y, sobre todo, en denuncia.
Entre quienes han vuelto sobre ese texto con mayor rigor está Leopoldo M. Bernucci, profesor distinguido en la Universidad de California en Davis, quien ha dedicado buena parte de su trabajo a entender cómo Rivera construyó una obra que desborda los límites de la literatura nacional. En su lectura, La vorágine no puede pensarse aislada: dialoga con la tradición brasileña, con la historia amazónica y con un archivo de violencia que la novela transforma en relato.
En Un paraíso sospechoso. La vorágine de José Eustasio Rivera: novela e historia (2020), Bernucci propone un cruce clave: leer la obra junto a Os sertões, de Euclides da Cunha, y Inferno verde, de Alberto Rangel. No como influencias superficiales, sino como parte de una red de sentidos que atraviesa la Amazonía a comienzos del siglo XX. Rivera, explica, conocía bien ese universo. “Estuvo muy al tanto de lo que se escribía sobre la Amazonía en Brasil, especialmente sobre el ciclo del caucho”, dice. Durante su expedición de 1923, pasó por Manaos y Belém, y regresó con libros, notas y una experiencia directa del territorio.
Esa experiencia es decisiva. Porque La vorágine no es una novela escrita desde la distancia. Rivera vio lo que narró. Escuchó las voces que luego transformó en literatura. “Observó directamente la vida en ciudades como San Fernando de Atabapo o São Gabriel da Cachoeira”, recuerda Bernucci, y en ese contacto recogió no solo información, sino formas de hablar, de pensar, de habitar. Se interesó por “la fauna, la flora y las costumbres de los pueblos amazónicos, al igual que por el habla, la poesía oral, las creencias y las supersticiones”. Todo eso, dice, “aparece entretejido en su novela, en un esfuerzo por representar un mundo complejo con rigor literario”.
Pero lo que Rivera encuentra en la selva no es solo materia narrativa. Es también una violencia difícil de nombrar. El auge del caucho, entre 1890 y 1920, convirtió la Amazonía en un territorio sin ley, donde la explotación se ejercía con total impunidad. “Su inmensidad permitía que crímenes sistemáticos se cometieran sin consecuencias”, afirma Bernucci. Era una violencia estructural, sostenida por distintos actores que operaban bajo la idea de progreso. “Misioneros, caucheros y otros agentes del ‘progreso’ sometieron a pueblos enteros”. Esa realidad, lejos de ser un contexto, se convierte en el núcleo de la novela.
Y sin embargo, Rivera no opta por el documento. No escribe un informe ni una crónica. Elige la ficción. Una decisión que, lejos de suavizar la denuncia, la potencia. “Consciente de que una denuncia sin forma estética no alcanza profundidad”, explica Bernucci, Rivera entendió que la literatura podía decir lo que los archivos no lograban. “La ficción podía representar con más eficacia lo que los documentos no podían”. De ahí que la novela modifique, reorganice, intensifique la realidad histórica. “No por descuido —aclara—, sino para crear una verdad más profunda”.
Esa operación convierte a La vorágine en algo más que un relato: en una forma de justicia simbólica. Una manera de devolverle voz a lo que había sido silenciado. Incluso en sus primeras ediciones, Rivera insistió en esa tensión entre documento y ficción. Incluyó postales de caucheros y una fotografía suya bajo el nombre de Arturo Cova, reforzando el vínculo entre experiencia y narración. Aunque esos elementos fueron luego eliminados, la lógica permanece. “La obra conserva su fuerza porque logra equilibrar el testimonio y la invención con enorme habilidad”, dice Bernucci.
En ese equilibrio aparece también uno de los gestos más radicales de la novela: la inversión de la vieja dicotomía entre civilización y barbarie. Durante décadas, la literatura latinoamericana había construido la selva como espacio de atraso, de irracionalidad, de peligro. Rivera desmonta esa idea. “La barbarie no está en la selva, sino en quienes la explotan por ambición”, sostiene Bernucci. El verdadero horror no es natural, sino histórico. No pertenece al paisaje, sino a los proyectos que lo destruyen.
Esa mirada no surge solo de la experiencia, sino también de la lectura. Bernucci insiste en que Rivera trabaja desde una tradición. Aplica lo que llama un mecanismo clásico: la imitatio. “No se trata de plagio, sino de una estrategia artística para tomar el ‘espíritu’ de la obra de Da Cunha —su ambición estética y su crítica social— y adaptarlo al contexto colombiano”. Lo mismo ocurre con Rangel, cuya influencia se percibe en las escenas más oníricas y en ciertas figuras femeninas atravesadas por la violencia. La vorágine, en ese sentido, es también una novela de traducciones: de ideas, de formas, de sensibilidades.
Pero si hay una imagen que resume la lectura de Bernucci es la de la selva como “paraíso infernal”. Una expresión que condensa la ambigüedad de ese territorio: fascinante y aterrador, vital y destructivo. “El término refleja ese carácter oximorónico”, explica, y remite a una tradición que va desde los cronistas coloniales hasta los científicos modernos. Rivera recoge esa tensión y la lleva al límite. La selva no es un decorado, sino una fuerza que transforma a quienes la atraviesan.
Cien años después, esa fuerza no ha desaparecido. La Amazonía sigue siendo un escenario de conflicto, ahora atravesado por nuevas economías ilegales y por formas renovadas de explotación. En ese contexto, La vorágine mantiene su vigencia. No como documento histórico, sino como advertencia. Como una obra que sigue interpelando al lector. “No ha perdido vigencia”, insiste Bernucci. “La novela nos enseña que una obra puede ser brutal y bella a la vez, y que la literatura puede producir conciencia crítica”.
Esa conciencia se manifiesta incluso en el aula. Bernucci lo ha visto durante años: estudiantes que llegan sin contexto, pero que salen afectados. “Cuando la leemos en clase, sienten el impacto. La novela los despierta”, dice. No se trata solo de entender un periodo histórico, sino de enfrentarse a una experiencia. A una forma de violencia que, aunque lejana en el tiempo, sigue viva.
Por eso, más que un clásico, La vorágine es una obra que sigue ardiendo. “Es una obra que no ha dejado de arder”, concluye Bernucci. Y en esa persistencia está su fuerza. Porque hay textos que se agotan en su época. Y hay otros —como este— que siguen diciendo lo que todavía no termina de escucharse.


