“Un deporte para machos”: relatos de cómo las mujeres han sido excluidas en el ciclismo

Algunos organizadores de carreras y aficionados  han dicho que “para correr se necesita un carácter heroico que ellas no tienen”.

Alfonsina Strada, la mujer que se ‘atrevió’ a competir con los hombres en el Giro de Italia.

 Jacobo Hidalgo *

En 1896, Susan B Anthony, sufragista y defensora de derechos humanos en Estados Unidos, escribió: “Pienso que la bicicleta ha hecho más por emancipar a la mujer que cualquier otra cosa en el mundo”.

Anthony se refería a las ventajas que les daba a las mujeres este nuevo invento: un mayor acceso a los espacios públicos, usar prendas que ofrecían mayor libertad de movimiento (como los bloomers), y combatir algunos prejuicios de la medicina decimonónica sobre las capacidades físicas y la sexualidad femeninas.

Sin embargo, esta emancipación pronto chocaría con el naciente mundo del ciclismo competitivo, a comienzos del siglo XX.

Este mundo, dominado por hombres de mentalidad conservadora (como Henri Desgrange, uno de los creadores del Tour de Francia), impondría trabas a las mujeres, asociadas a concepciones machistas de la sociedad.

«Cualquier acercamiento del sexo femenino a la actividad física era referido como ‘poco práctico, inadecuado y sin interés’”.

Así las mantuvo relegadas a un papel secundario, pretendiendo que no abandonaran sus papeles de buenas esposas, buenas madres o buenas hijas.

Las mujeres son para criar campeones

Por ejemplo, L’Auto, periódico organizador del Tour de Francia en sus años tempranos, presentaba a las mujeres como espectadoras ignorantes de la carrera, pero prestas a brindar su apoyo a través de un abrazo o un beso, y felices de mantenerse en segundo plano.

La carretera era un dominio de ellos: los héroes ciclistas, llenos de hombría, valentía y capacidad de sufrimiento.

El ciclismo estaba lejos de ser el único deporte que reforzaba esta idea sobre la mujer. El “espíritu del olimpismo” se vio impregnado por ella.

Para el Barón Pierre de Coubertin, fundador de los Juegos Olímpicos, “el más grande logro de una mujer era alentar a sus hijos para que sobresalieran, antes que buscar registros para sí misma”.

“Su mérito más grande –agregaba- era parir hijos sanos que pudieran destacarse en las justas deportivas”. Cualquier acercamiento del sexo femenino a la actividad física era referido como “poco práctico, inadecuado y sin interés”.

Esta narrativa empezó a institucionalizarse a través de la prensa y de los organizadores de carreras. En 1895, el diario New York World publicó un listado de 41 cosas que se desaconsejaban para una mujer en bicicleta.

Susan B. Anthony, defensora de los derechos de la mujer y del voto

Susan B Anthony dijo que “la bicicleta había hecho más por emancipar a la mujer que cualquier otra cosa”. Foto: Archivo particular.

En la lista se incluían: aventurarse a cubrir largas distancias, negarse a recibir ayuda masculina en una subida, y vestir prendas inadecuadas.

En Francia, en 1909, la petición de un aficionado para que se hiciera un Tour de Francia femenino fue negada; se adujo que primero habría que aplanar las montañas antes de pensar en tal empresa.

Para 1912, la Federación francesa velocipédica se negó a regular carreras de ciclismo femeninas.

La historia de Alfonsina Morini (Strada)

Hubo una mujer que desafió estas narrativas: Alfonsina Morini (más conocida por su apellido de casada, Strada), la única en participar en la versión masculina de una Gran Vuelta, el Giro de Italia de 1924, además de dos Tour de Lombardía, en 1917 y 1918.

A lo largo del tiempo, la gesta de Strada ha sido recordada con cumplidos y elogios por su arrojo en la carretera y por romper moldes. No obstante, para su época hubo comentarios y bromas sexistas de los medios y del público masculino que atestiguó su hazaña.

Como narra John Foot, en su libro Pedalare, Pedalare, había mofas por la apariencia “poco femenina” de Alfonsina (cabello corto y constitución maciza), y causaba escándalo, tanto en hombres como en mujeres, que vistiese un atuendo masculino, además de montar una bicicleta “para hombre”.

Recordemos: Italia estaba bajo régimen fascista y se esperaba que las mujeres se ciñeran a su papel de madres ejemplares, siempre subordinadas al hombre.

Adicionalmente, Alfonsina Strada no era tenida en cuenta por su aspecto competitivo sino más bien por fines promocionales, dada la gran publicidad que le brindaba a la carrera.

«En Francia, en 1909, la petición de un aficionado para que se hiciera un Tour de Francia femenino fue negada; se adujo que primero habría que aplanar las montañas antes de pensar en tal empresa».

En resumen, se la veía como una figura pintoresca. Tanto en 1917 y 1918 (debido a la Primera Guerra Mundial), como en 1924 (por un boicot de algunos equipos), fue invitada a correr por la escasez de estrellas (lejos queda el mito de que sus participaciones fueron de incógnito).

Sin embargo, en el Giro de Italia de 1924, Alfonsina demostró que era capaz de mantenerse a la par del pelotón masculino. Al menos, así fue durante las primeras 7 etapas (de un total de 12), en las cuales logró clasificarse dentro del límite de tiempo, muchas veces por encima de varones.

La mala fortuna (caídas y pinchazos) hizo que quedara por fuera de clasificación en la octava etapa.

Sin embargo, y de nuevo con fines publicitarios, se le permitió seguir corriendo con los gastos pagos, llegando a completar el recorrido total del Giro (3.610 kilómetros) con 38 horas de retraso con respecto al ganador, Giuseppe Enrici.

Y quiso participar de nuevo en el Giro de 1925, pero recibió una rotunda negativa: sus servicios ya no eran necesarios para Colombo y Cougnet, organizadores del Giro.

Su voluntad de romper la rígida estructura del ciclismo estaba muy adelantada para la época en la que vivió.

La mujer en el Tour de Francia

El espíritu patriarcal del ciclismo competitivo se arrastró hasta finales del siglo XX. Solo hasta 1984 surgió el Tour de Francia femenino; ese mismo año se introdujo la prueba de ruta femenina en los Juegos Olímpicos de Los Angeles.

Marianne Martin, ganadora del Tour de Francia femenino

Marianne Martin, campeona femenina del Tour de Francia, en 1984. Foto: Archivo particular.

El experimento del Tour femenino apenas duró seis años, siendo descontinuado en 1989. Su cobertura mediática era muy inferior a la carrera masculina.

Su corta existencia tuvo que lidiar con el fuerte machismo que siempre ha imperado en el ciclismo francés.

En 1984, tras compartir podio con la francesa Marianne Martin, primera campeona de la prueba, Laurent Fignon lanzó esta perla: “me gustan las mujeres, pero prefiero verlas haciendo otra cosa”.

«El experimento del Tour femenino apenas duró seis años, siendo descontinuado en 1989. Su cobertura mediática era muy inferior a la carrera masculina».

Mejor suerte corrió el Giro Donne, actual Giro de Italia Femminile, que se celebra casi ininterrumpidamente desde 1988.

El ciclismo, solo para ‘machos’

En Colombia, este espíritu patriarcal estuvo presente desde las primeras Vueltas. Las mujeres eran definidas en la prensa a partir de sus rasgos maternales, de sacrificio, o de belleza.

Así, el diario El Tiempo hablaba del abnegado esfuerzo que hicieron las madres de Efraín Forero y Pedro Nel Gil (sin hacer alusión directa a sus nombres) para acompañarlos durante la primera Vuelta a Colombia, procurando incluso asistencia mecánica cuando era requerido (como Sara Triviño, mamá de ‘El Zipa’).

También se hablaba del colorido que les daban las mujeres a la carrera en las recepciones en cada pueblo; reinas de belleza eran invitadas para agasajar a los sudorosos héroes, mientras que, al paso de la caravana, otras lanzaban besos y flores al pelotón.

Medios y ciclistas también consolidaron la idea de que el ciclismo era un deporte restringido a los hombres. El Espectador, refiriéndose a la primera edición de la Vuelta a Colombia, señalaba que era un “deporte para machos”, opinión compartida por algunos de los participantes, como el ciclista antioqueño Roberto Cano.

La narrativa era clara: conquistar la dura y agreste geografía colombiana requería de un carácter heroico, el cual, se daba por sentado, no lo tenían ellas.

Tal y como con el caso de la prensa francesa, en Colombia los medios también ponían en entredicho la participación de las mujeres en eventos ciclísticos.

En un artículo de El Espectador, del año 1952, se alude al gran peligro que representaba su participación en expediciones ciclísticas debido a su “natural debilidad”, un impedimento para emprender viajes largos.

En  Colombia, las competencias femeninas de ciclismo también aparecieron a finales del siglo XX. El Tour femenino se disputó por 6 años, entre 1987 y 1992, atrayendo grandes figuras como la francesa Jeannie Longo. No obstante, los fuertes prejuicios hacia las mujeres practicantes persistían. Las pioneras, como Rosa María Aponte, eran tratadas de «marimachas», y era censurado cualquier cuestionamiento suyo a las autoridades masculinas del deporte (como El Zipa Forero, primer entrenador de ciclismo en en el país).

Esto último parece haberse mantenido en el subconsciente de la mayoría de los organizadores de carreras, y no solo acá…

Rosa María Aponte, la pitufa

Rosa María Aponte participó en el Tour de Francia femenino, de 1986, y ganó el Tour colombiano, de 1987. Foto de Rodrigo Dueñas, de El Espectador.

Han pasado casi 120 años desde el nacimiento del ciclismo de competencia, pero aún persiste en él la fuerte desigualdad entre hombres y mujeres, sustentada muchas veces en prejuicios machistas

Las pioneras, como Rosa María Aponte, eran tratadas de «marimachas», y era censurado cualquier cuestionamiento suyo a las autoridades masculinas del deporte.

Varios son los ejemplos: las chicas (generalmente en falda) que reparten besos y entregan un ramo de flores a los ciclistas que suben al podio. La narrativa de la mujer agasajando al ciclista héroe permanece.

También se mantiene la idea de que las mujeres no son aptas para los esfuerzos físicos de larga duración, por lo que vemos muchas carreras femeninas con kilometrajes excesivamente bajos.

Finalmente, el lenguaje de medios y aficionados tiene una enorme connotación machista, especialmente, cuando se refieren al pelotón femenino como “las niñas”, o cuando se hace alusión a sus atributos estéticos antes que a las cualidades competitivas.

Al menos hoy, la desigualdad entre mujeres y hombres ciclistas es un tema de discusión pública, y los medios les abren un espacio a la transmisión de competencias femeninas.

Pero el camino sigue siendo largo: el espíritu de los padres fundacionales sigue flotando en el ciclismo…

 

  • Antropólogo, aficionado al ciclismo. En Twitter: @paleohidalgo

 

 

6 comentarios en ““Un deporte para machos”: relatos de cómo las mujeres han sido excluidas en el ciclismo”

  1. Diana Isabel Calderón Patiño

    Gracias por ese granito de arena, para la reivindicación del papel de la mujer en esta sociedad.

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