Cinco años después de la muerte por Covid-19 del director surcoreano Kim Ki-duk (11 de diciembre de 2020), LA RUEDA SUELTA recupera esta consulta que, en 2020, hizo a críticos de cine y conocedores de la filmografía surcoreana. Les preguntamos por qué ver sus películas y cuál consideran imprescindible.
Como ocurre con muchos realizadores que no hacen parte de los grandes circuitos comerciales, y menos si no son occidentales, el cine de Kim Ki-duk suele ubicarse en el casillero de “para algunos pocos”. Y tal vez nunca saldrá de allí.
Al director quizá tampoco le importó: “Veo algo que no puedo entender y luego hago un filme para comprenderlo”. Su visión particular sobre el amor, la violencia y los cuerpos, y la forma de contarlo, le dieron a su cine una personalidad que se hizo visible en diferentes festivales del mundo.
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Para quienes no han visto sus películas, pedimos a un grupo de conocedores que nos contaran por qué vale la pena contemplarlas y cuál de sus producciones consideran imperdible. Sus respuestas fueron dadas en 2020, poco después de su muerte.
1. SONIA DUEÑAS*
Hay que ver sus películas porque “los diálogos, muchas veces, brillan por su ausencia, dejando que la propia imagen se exprese por sí misma”.
Kim Ki-duk es uno de los directores que le recordó a Occidente la existencia del cine surcoreano, el cual, desde la década de los cincuenta, apenas nos llegaba. Es, además, uno de los impulsores del llamado Nuevo Cine Surcoreano, tal y como se ha nombrado a este fenómeno a partir de su visibilización en festivales.
Su filmografía, especialmente entre 2000 y 2008, ha sido ampliamente aplaudida y recibió más de 60 premios y, lo más importante, abrió las puertas de los festivales más exclusivos a cineastas compatriotas, junto a otros directores independientes como Hong Sang-soo o Lee Chang-dong. A través de su obra podemos acercarnos a un cine muy arraigado en la cultura y tradición coreana, con narrativas profundas en las que los diálogos, muchas veces, brillan por su ausencia, dejando que la imagen se exprese por sí misma.
Una película: La isla (2000)
Fue la primera obra que captó la atención del espectador occidental gracias a los elementos que forjan su autoría: relaciones amorosas fortuitas, desgarradoras y extremas; controversia con imágenes que nunca dejan indiferente; y lecturas que nos llevan a pensar, incluso, en el chamanismo coreano. La crítica especializada quedó tan impactada que llegó a afirmar que se trataba de una película “difícil de olvidar”, en palabras del crítico del ABC, Otis Rodríguez Marchante.
*Grupo de investigación TECMERIN (Televisión-Cine: Memoria, Representación e Industria) e investigadora de la industria del cine surcoreano, de la Universidad Carlos III, de Madrid.
2. JUAN MANUEL FERNÁNDEZ*
Hay que ver sus películas porque “trata cada uno de los temas de su filmografía con especial crudeza y dureza, dejando de lado los finales felices”.
El cine de Kim Ki-duk ahonda en temáticas sociales de gran calado, muy necesarias para entender mejor la sociedad coreana. Además, trata cada uno de los temas de su filmografía con especial crudeza, dejando de lado los finales felices para posicionarse en un lugar más dramático y realista.
La soledad del individuo, la pobreza, el aprendizaje, los dramas familiares, los romances más turbios o la cara más malvada del ser humano: todo ello lo retrata con gran realismo y nos acerca un poco más a la verdadera cara de su país.
Una película: Time (2006)
De su filmografía hay varias películas que recomendaría. Una de ellas es Time, que retrata uno de los problemas básicos de la sociedad coreana: la apariencia exterior. Es una historia que muestra con acierto la preocupación de muchas mujeres en Corea del Sur por su apariencia física y por recurrir a la cirugía estética como solución, sin llegar a aceptarse a sí mismas. Otra sugerencia es La isla, una cinta sobre prostitución que es difícil de olvidar.
*Guionista español, especialista en cine coreano. Creador de @myasianmadness.
3. SAMUEL CASTRO*
Hay que ver sus películas porque “estas tienen contrastes entre la violencia extrema y la introspección”.
El cine de Kim Ki-duk es difícil de definir. Es tal vez de los más contrastantes: pasa de la violencia extrema y cruel en algunas películas a la introspección como recurso lírico en otras. Era como si dijera que no podían existir el uno sin el otro.
Una película: Bad Guy (2001)
Creo que hay dos películas de Kim Ki-duk que hay que ver pensando en ese contraste: Bad Guy, que a pesar de ser ficción el director siempre dijo que era la que más tenía elementos autobiográficos, y Las estaciones de la vida —en realidad Primavera, verano, otoño, invierno… y otra vez primavera—, un título más exacto frente al tipo de reflexión que ofrecía su historia.
*Escritor, guionista, crítico de cine. Editor de ochoymedio.info.
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4. LUIS OGANDO*
Hay que ver sus películas porque “son dramas de corte existencialista, protagonizados por personajes que hablan poco, pero sienten mucho”.
El 2020 comenzó con la victoria de Parásitos, de Bong Joon-ho, en los Oscar, y cerró con el fallecimiento de uno de los grandes cineastas de ese país, Kim Ki-duk. Si bien el cine coreano está de moda, la situación no era igual hace un par de décadas. A comienzos de los 2000, el ya citado Bong, Park Chan-wook (OldBoy) y Kim Ki-duk llevaron el cine coreano por todos los grandes festivales de cine del mundo.
A diferencia de los otros dos directores, más ligados al thriller, Kim Ki-duk rodó dramas de corte existencialista, protagonizados por personajes que hablan poco, pero sienten mucho. Así se convirtió en uno de los cineastas más sensibles y emotivos del panorama mundial. Su muerte es una gran pérdida para el cine pequeño, pero que evoca grandes sentimientos.
Una película: Hierro 3 (2004)
La obra magna de Kim Ki-duk es Hierro 3, un drama romántico que cuenta la historia de amor entre un joven que ocupa casas abandonadas temporalmente por sus propietarios y una mujer que vive a la sombra de su marido, en una de esas viviendas en las que irrumpe el protagonista. En esta película el cineasta coreano explora cuestiones tan universales como la soledad, el miedo, el abandono y el dolor, desde una óptica profundamente humanista.
Al verla, resulta imposible no empatizar con estos dos amantes trágicos, condenados a ser infelices.
*Doctor en Comunicación e Industrias Creativas.
5. AUGUSTO BERNAL*
Hay que ver sus películas porque “se caracterizan por ser eclécticas y brutales”.
Kim Ki-duk es de una generación de cineastas coreanos que, gracias a la libertad de expresión en la década de los ochenta, construyó a finales de los noventa el interés por el llamado Chungmuro o “Pequeño Hollywood”, que se caracterizó por un cine ecléctico y brutal.
Un elemento reiterativo en sus historias es la figura de la prostituta-amante, que él reconoció haber descubierto en París al ver Los amantes del Pont-Neuf, de Léos Carax.
Una película: Primavera, verano, otoño, invierno… y otra vez primavera (2003)
Su cinta más representativa y desconocida, en su momento, fue Cocodrilo (1996), pero su reconocimiento llegó con Primavera, verano, otoño, invierno… y otra vez primavera, que introduce un desarrollo estético y místico que mezclará con los temas de sus primeros trabajos.
*Sociólogo de la Universidad Nacional. Crítico, investigador y docente cinematográfico.
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6. PEDRO ADRIÁN ZULUAGA*
Hay que ver sus películas porque “se han hecho un lugar imprescindible en las audiencias occidentales, por la fuerza y convicción de su puesta en escena”.
La obra de Kim Ki-duk es prolífica y reciente, pero se ha hecho un lugar imprescindible en las audiencias occidentales por la fuerza y convicción de su puesta en escena, la singularidad moral de sus personajes y la manera como actualiza preguntas sobre la existencia humana que otros directores ya se habían formulado.
Una película: Hierro 3 (2004)
Condensa muy bien lo mejor de su cine y algunas de sus obsesiones: la soledad, la incomunicación, el encuentro de los cuerpos.
*Periodista y crítico de cine.
7. MARIANELA AGUILAR*
Hay que ver sus películas porque “parecen cuentos visuales en los que se presentan ciertas ‘verdades’ y aprendizajes para el hombre”.
Su cine es el tipo de obra que puede atraparte o repelerte. Yo quedé “atrapada” en sus miradas intensas y controversiales sobre el mundo. Sigo siendo interpelada por el silencio que arrasa con todo; por la convergencia de mundos que han perdido los límites entre lo “real” y lo sobrenatural; por imágenes que lo dicen todo y siguen diciendo; y por historias que nos cuestionan e incomodan acerca de asuntos simples, pero existenciales, como la construcción de vínculos, el amor, el paso del tiempo, las acciones individuales y sus consecuencias para los otros.
Kim Ki-duk es honesto con el devenir del mundo, pero también con su historia y los pensamientos que, como asiático, lo atraviesan. Sus películas, en las que se expone el ahora, parecen cuentos visuales en los que se presentan ciertas “verdades” y aprendizajes para el hombre. En mí siempre estarán frases como: “Nadie escapa a la naturaleza”, “A veces debemos renunciar a aquello que amamos” y “Lo que tú quieres también lo pueden querer otros”.
Para mí el cine de Kim Ki-duk es una experiencia transformadora y única tanto por lo que cuenta como por las formas narrativas y visuales, siempre insólitas, con las que decide contarlo.
Una película: Time (2006)
Te susurra a los ojos y a los oídos los grandes miedos de la humanidad, porque en sus imágenes manifiesta el devenir de todo lo que somos y nos rodea a través de una sensación incómoda, perturbadora y, finalmente, brutalmente desoladora.
De tan cercana, uno no puede dejar de preguntarse —sin poder responder siquiera— si hay alguna salida, si pueden existir otras salidas a un tiempo que nos abraza y nos devora.
*Crítica teatral. Licenciada y Profesora en Artes, Universidad de Buenos Aires.
Texto publicado originalmente en diciembre de 2020. Actualizado en 2025, a cinco años de la muerte de Kim Ki-duk.

