Cuando el cielo se vino abajo: relatos sobre los días más gélidos en la historia del ciclismo

Para los que dudan de la dureza del ciclismo, aquí el relato de ocho históricas etapas de salvaje tormenta y puro heroísmo. Jornadas que el ciclismo nunca olvidará.

Andy Hampsten en la penuria del Gavia, de 1988. Al final sería el campeón de esta edición del Giro de Italia.

 * Jacobo Hidalgo

Los aficionados al ciclismo presenciamos el año pasado una París-Roubaix única. Ciclistas batallando contra los adoquines, en medio de la lluvia, cubiertos de lodo. Imágenes que rememoraron de cierta manera el pasado épico de este deporte. En mi caso personal, me hizo pensar en las épocas en las que aún no existía el Protocolo de Clima Extremo, una serie de medidas que busca proteger la integridad de los ciclistas de las malas condiciones climáticas (temperaturas muy bajas o muy altas, nieve, abundante lluvia) que puedan llegar a encontrarse. En otras palabras: cuando el clima le importaba poco a los organizadores a la hora de darle el visto bueno a una carrera.

He decidido describir algunas de las jornadas más duras en la historia del ciclismo, especialmente, en lo que se refiere a condiciones de lluvia y frío extremos, pasando por el Giro, el Tour y algunas clásicas de Primavera. Esos días en los que el cielo se vino abajo literalmente.

No sobra decir que la siguiente lista no es exhaustiva y probablemente se me haya escapado más de un día épico. Sin más preámbulo, vamos a los copos de nieve, a los granos de granizo, a los charcos de lodo.

Milán-San Remo (1910)

Sobreviviendo a la naturaleza

Domingo 3 de abril de 1910. El ciclista francés Eugene Christophe trata de avanzar penosamente a través de una gruesa capa de nieve. Está en el paso Turchino, sitio que Fausto Coppi inmortalizó en 1946, la primera Milán-San Remo de postguerra. Historia de otro costal.

Aquel día de 1910, los ciclistas lucharon contra la naturaleza. En una jornada de condiciones dantescas, se enfrentaron desde la salida a un aguacero que se transformaría en nevada para cuando alcanzaron las pendientes del Turchino, punto decisivo de aquellas primeras Sanremos.

Al coronar la cima, Christophe era uno de los pocos sobrevivientes desparramados en el camino. Otros eran el belga Cyrille Van Hauwaert (ya vencedor de esta carrera en 1908) o el campeón primigenio del Giro de Italia, Luigi Ganna.

En este punto se vieron obligados a buscar refugio donde fuese. Luego del Paso Turchino, Christophe contó con la “suerte” de dar con una vivienda donde le ofrecieron agua caliente, además de sábanas en las que se envolvió para ganar algo de calor.

A pesar de las súplicas del dueño, el pedalista francés, hombre testarudo, retomó la carrera, y rezagó de nuevo a sus rivales, quienes, para ese momento, habían alcanzado la misma posada. Tras casi doce horas y media de padecimiento, Christophe alcanzó la meta en Sanremo, proeza que solo otros 6 hombres lograrían aquel día (2 de los cuales serían descalificados por usar ayudas motoras, mientras que otro más llegó en lo que hoy llamaríamos “fuera del límite de tiempo”).

El duro Eugene fue alabado en Italia, Francia y Bélgica. No obstante, y sin sorpresa alguna, esta hazaña le costó parte de su buena salud. Tanto así que pasó un mes en recuperación de sus extremidades fuertemente afectadas por el frío extremo, reducidas casi hasta el congelamiento, y se tardó casi dos años, llenos de penurias, tratando de volver a ser el Christophe vigoroso que dominó esta monstruosa clásica.

 

Giro de Italia 1914 (1ª etapa)

Una etapa del Giro más duro de la historia

El apocalipsis materializado en una carrera de ciclismo. 420 kilómetros de tormento puro. Así podríamos caracterizar la primera etapa del Giro de Italia de 1914. En la medianoche de aquel domingo 24 de mayo, 81 ciclistas partieron de Milán rumbo a Cuneo.

¿Los escollos? Caminos destapados y el ascenso al paso Sestriere. Y el clima. El maldito clima. Por 200 kilómetros, la lluvia fue compañera. Luego, el diluvio, aunque sin arca de protección para los desgraciados pedalistas. Cuando llegaron a las rampas del Sestriere, lo que caía era nieve.

Los primeros en alcanzar la cima habían pasado doce horas sobre sus bicicletas. Y aún quedaba camino por recorrer. La brutalidad era tal que los organizadores incluso permitieron una corta neutralización para que los pedalistas pudiesen cambiar sus prendas.

Tras 17 horas de carrera apareció la primera alma en meta, Angelo Gremo. Otros 36 supervivientes le siguieron por horas y horas, hasta el último, Mario Marangoni, quien emplearía 24 horas para completar el recorrido. Masoquismo puro.

Lo inhumano del asunto es que esta no sería la única etapa de aquel Giro corrida bajo condiciones diluvianas. Y, claro, con kilometrajes maratónicos (5 días por encima de 400 km). Fueron “solo” ocho etapas, así como ocho fue el número de ciclistas que lograron retornar a Milán para la jornada final.

Varios historiadores del ciclismo catalogan este Giro como la Gran Vuelta más dura jamás corrida en la historia del ciclismo. Este relato se torna más cruel si añadimos que muchos de los participantes tuvieron que enlistarse en el ejército y dejar su integridad, o su vida, en la Primera Guerra Mundial que pronto empezaría.

 

Tour de Francia 1926 (10ª etapa)

Lucien Buysse, imparable

A Henri Desgrange, fundador del Tour de Francia, le encantaba el ciclismo de tipos duros, el ciclismo de supervivencia. De seguro aquel martes 6 de julio de 1926 se frotó las manos de júbilo ante el sufrimiento que tuvieron que vivir sus forzados de la ruta[1].

Definida por muchos como la etapa más dura de siempre en la historia del Tour de Francia. Aubisque, Tourmalet, Aspin, Peyresourde, los ingredientes montañosos, los Pirineos. Un trayecto de 326 kilómetros para unir las localidades de Bayonne y Luchon. Lo que hoy sería la etapa reina. Pero ni las cuestas ni la longitud (recordemos que había etapas de más de 400 kilómetros en aquellos años) fueron los grandes obstáculos ese día.

El pellejo de los ciclistas se vio expuesto a una tempestad de proporciones bíblicas. Apenas empezaban a subir el Aubisque, la lluvia apareció y pronto se transformó en una tormenta. Las vías que debían guiar a los ciclistas hasta meta se convirtieron en ríos de lodo y barro a través de los pasos montañosos.

En medio de este caos encontramos un belga al comando. Lucien Buysse se llamaba, y ya había pisado los dos escalones del podio del Tour (3º en 1924 y 2º en 1925). Pues bien, aquel día cimentó lo que sería su primera y única victoria general en esta gran carrera.

Luego de 17 horas de padecimientos, Buysse arribó a Luchon en primer lugar. ¿Y el resto? Bueno, tras 24 horas, únicamente 31 ciclistas habían llegado a meta de alguna manera. A los demás tuvieron que mandar a buscarlos. Algunos parecían cadáveres, vagando semi inconscientes por el camino, casi congelados.

“¿Esto cuenta como deporte?” se preguntaron en Le Petit Parisien, la competencia de L’Equipe. Probablemente para Degrange sí, aunque él mismo escribiese “nuestros hombres sufrieron terriblemente”. Ni que lo diga…

 

Giro 1956 (20ª etapa). El monte Bondone

Charly Gaul, rumbo a la victoria

Cuatro grados bajo cero. Ciclistas que se apartan a la vera del camino, buscando algo de calor en alguna casa. Otros se suben a los vehículos de sus equipos. ¿La razón? afuera está la nieve, está el frío, está la peligrosa vía cubierta de hielo. Pero hay un hombre que no parece temer a las condiciones. Charly Gaul, luxemburgués. El ángel de las montañas será su remoquete para la historia.

No parece huirle al frío, inclusive lo reta corriendo con mangas cortas. ¿De dónde proviene su impulso? ¿Cuál es ese calor interno que lo mantiene sobre la bicicleta? Tiempo después se sabrá que usaba anfetaminas, las mismas que forzaban a los ciclistas a querer desnudarse en las jornadas tórridas, especialmente en el Tour de Francia. En conclusión, una fórmula mágica para días como aquel 8 de junio de 1956.

Gaul es un hombre con una misión: conseguir la Maglia Rosa. 16 minutos lo separaban de la preciosa prenda, en poder del italiano Pasquale Fornara hasta ese entonces. Pero éste, al igual que otros hombres famosos como Bahamontes, se ve en la necesidad de abandonar. Otros 60 pedalistas también harán lo propio. Han sido derrotados por el infierno blanco, como lo describe el escritor Ander Izagirre.

¿Y Charly Gaul? No hace otra cosa distinta a labrar su nombre a través de los Dolomitas. Alcanza la meta, en el Monte Bondone, con más de 7 minutos de ventaja sobre el segundo. A pesar de soportar mejor las condiciones climáticas adversas, tendrá que ser levantado de su bicicleta y su maillot congelado tendrá que ser cortado; el luxemburgués durará 10 minutos inconsciente luego de tamaña gesta, una por la que el Giro de Italia le inmortalizará.

 

Lieja-Bastoña-Lieja (1957)

Al frente, Germain Derycke y Frans Schoubben

Para la Lieja-Bastoña-Lieja del 5 de mayo de 1957 estaban inscritos 242 ciclistas. Y 135 de ellos, clarividentes, al parecer, optaron por no tomar la partida. O tal vez se trataba de seres prudentes que deseaban mantener su integridad aquel día. Lo cierto es que la lluvia y la neblina hicieron acto de presencia desde la salida de los 107 arriesgados que pedalearon. Solo 27 regresaron a la meta en Lieja.

A medida que avanzó la carrera, la temperatura cayó a tal punto que la lluvia se tornó en una nevada de grandes proporciones que llegó a cubrir varios centímetros de la vía.

Organizadores y espectadores ofrecieron bebidas calientes y ropa abrigada a aquellos que se empeñaban en seguir el recorrido. Algunos pedalistas se vieron en la necesidad de orinar en sus propias manos para ganar algo de calor. No obstante, la dureza del día derrotaría a la mayoría, alguno incluso abandonando en medio de lágrimas.

Días de perros únicos para definiciones únicas. Esta Lieja – Bastoña – Lieja pasaría a la historia también por una curiosa conclusión que resultó en dos ganadores. Sí, una victoria dividida entre los locales Germain Derycke y Frans Schoubben. ¿La razón? El primero de ellos había saltado un paso de nivel del tren, maniobra prohibida en Bélgica, y que por lo tanto daba para descalificación.

Así que momentos después de haber cruzado la meta fue desposeído de su victoria ante la protesta levantada por Schoubben. Sin embargo, luego de unos días, la federación belga llegó a una decisión salomónica otorgando un triunfo compartido a los dos mencionados ciclistas. Esta fue apenas la segunda ocasión (y la última hasta hoy) en que la victoria de un Monumento ha ido a parar a dos ciclistas. Algo de justicia en medio de la nieve.

 

Lieja-Bastoña-Lieja (1980)

Bernard Hinault, sin rival

Una pieza maestra de uno de los más grandes. Sí, aquel día Bernard Hinault demostró que estaba hecho de otro material. ‘El tejón’ contra la nieve. Y por poco gana esta última. Sí, porque el clima de perros estuvo a punto de hacer bajar a uno de los hombres más duros que haya montado una bicicleta.

Sin embargo, las palabras de ánimo de un compañero suyo, Maurice Le Guillaux, hicieron mantener la cabeza en alto (cubierta por un gorro de lana eso sí) a Hinault.

Y es que hablamos de una jornada con bajas temperaturas y nieve casi desde la misma salida. Dichas condiciones propiciaron el abandono de casi dos tercios del pelotón cuando ni siquiera habían llegado a Bastoña, punto medio de la carrera.

Cerca al tramo definitivo, Cyrille Guimard (director del Renault Elf de Hinault) instó a su corredor a quitarse la chaqueta. Parecía una locura dicha orden. Refunfuñando, ‘El tejón’ aceptó y tomó conciencia de lo que estaba haciendo.

“Decidí que lo único que podía hacer para mantener el calor en mi cuerpo era rodar lo más fuerte que pudiera”, diría posteriormente. Fue así como Hinault se deshizo de los rivales que aún quedaban en competencia, llegando a meta con una ventaja de más de 9 minutos sobre el segundo, Hennie Kuiper.

Solo 21 ciclistas de los 174 que tomaron la partida completaron el recorrido. ¿Las consecuencias? Algunos, como el propio Hinault, perdieron por semanas la sensibilidad en sus manos. Mismo deporte, pero no igual al deporte de hoy día.

 

Tour de Flandes (1985)

Bajo el lodazal de Flandes

Dicen que los ciclistas de la región de Flandes (Bélgica) están acostumbrados al mal clima que suele azotar la zona en primavera. Pero el Tour de Flandes de 1985 es considerado, incluso por los locales, como uno de los días más duros jamás vividos sobre una bicicleta. Y estamos hablando que de esta región provienen muchos de los tipos más rudos en la historia de este deporte.

Aquel 7 de abril, los ciclistas se enfrentaron a un clima infrahumano. Solo 24 de los 173 participantes consiguieron completar la prueba. Todo el día lucharon contra fuertes vientos y una lluvia torrencial que calaba hasta los huesos. Pero el frío perpetuo no fue el único obstáculo al que se enfrentaron los pedalistas.

Debido a la abundante lluvia, los adoquines de los famosos bergs (las colinas adoquinadas de Flandes) parecían piso enjabonado. Algunas subidas como el Koppenberg se convirtieron en trincheras impasables, obligando a la mayoría a desmontar de su bicicleta… aunque eso no hiciese más fácil su ascenso (correr con zapatillas de ciclismo, camino arriba y con piso mojado debe estar dentro de las empresas más difíciles afrontadas por un humano).

Cómo no, sería un belga de la región de Flandes quien prevaleció bajo las condiciones adversas descritas. Eric Vanderaerden se mostró como el más fuerte abriendo brecha en el famoso Muur de Geraardsbergen para conseguir una victoria categórica, no solo por las condiciones climáticas sino también por la gente a la que derrotó, dentro de los que se destacaban otros tipos con fama de rudos como Hennie Kuiper (sí, el que quedó 2º en la Lieja del 80 tras Hinault), Greg Lemond, Sean Kelly o Adrie Van der Poel.

Giro 1988 (Gavia, 14ª etapa)

‘Perico’ Delgado castigado por la nieve en el Gavia

Citando La Gazzetta dello Sport este fue “El día en el que los grandes hombres lloraron”. Al observar las imágenes de esa jornada uno no tiene la menor duda de lo acertado del titular.

Ciclistas con las cabezas cubiertas de nieve, al igual que su maillot, mientras grandes copos caen a su alrededor. Sería un día en el que la asistencia de los coches de equipo con bebidas y ropa caliente sería decisiva.

El clima se presentaba frío y húmedo cuando los ciclistas tomaron la partida. En apenas 120 kilómetros de recorrido se agrupaban Aprica, Tonale y Gavia. Fue en las pendientes de este último donde todo se desató. Una nevada convirtió la carretera en una pista de patinaje.

Subir bajo frío extremo era soportable para la mayoría. Descender sería a otro precio. Buena parte de los ciclistas quedaron expuestos ante las condiciones extremas de frío por la poca anticipación de sus directores para proveerles ropa cálida de recambio en la cima del Gavia. Sin la protección adecuada, las manos se tullían por el frío extremo, imposibilitando la labor de frenar.

Fue lo que le sucedió al neerlandés Van der Velde, quien había logrado coronar primero el paso Gavia pero quien se vio obligado a desmontar de su bicicleta y caminar buena parte, camino abajo. Perdería 47 minutos con el ganador de la etapa.

El equipo 7-Eleven fue de los pocos en tomar precauciones, dándole ropa caliente a sus ciclistas, entre ellos a su líder, Andrew Hampsten, quien saldría dueño de la Maglia Rosa de aquella épica jornada, en la que únicamente se vio superado por el neerlandés Erik Breukink.

El hasta entonces líder, Franco Chiccioli, sufrió lo indecible debido a la negligencia de su equipo que no lo acompañó ni le brindó asistencia en el momento en el que la necesitaba, por lo cual se vio obligado a pasar el Gavia sin guantes que le brindaran algo de calor ni tampoco un gorro.

Desde aquella etapa de Gavia 1988, se han visto algunos días de terribles condiciones en el ciclismo, aunque probablemente no tan extremas como las ya mencionadas acá.

Por mencionar algunos, tenemos la etapa de Deux Alpes del Tour de Francia 1998, donde Pantani aniquiló la resistencia de Jan Ullrich. También tenemos la París-Roubaix del 2001, la última con lluvia en carrera antes de la de este año. Podríamos agregar también etapas como la de Montalcino en el Giro 2010, o el día lluvioso en el pavé que se vivió en el Tour del año 2014.

Lo cierto es que están desapareciendo de a poco debido a los protocolos que buscan darle prioridad a la seguridad de los profesionales. El ciclismo bajo condiciones extremas, ese que a veces llamamos épico, sobrevive en historias y en imágenes. El registro de lo que podría ser un deporte diferente, un deporte ya extinto.

[1] Referencia al libro Los forzados de la ruta del periodista Albert Londres, donde se detallan, a manera de crónica, las penurias (algunos dicen que de forma exagerada) que vivían los ciclistas durante el Tour de Francia de 1924.

Antropólogo, aficionado al ciclismo. En Twitter: @paleohidalgo

4 comentarios en “Cuando el cielo se vino abajo: relatos sobre los días más gélidos en la historia del ciclismo”

  1. Leí alguna vez que varios ciclistas descendiendo el Gavia tenían que girar y empezar a subir de nuevo para entrar en calor y evitar que se les congelaran las manos para poder frenar. Increíble. Una etapa así es una utopía hoy en día, de las más recientes pero ni de lejos parecidas a ninguna de las mencionadas en el artículo fue la etapa sobre adoquines del Tour 2014, exhibición de Astana y Nibali entre la lluvia y el barro con un Contador que a duras penas era capaz de sostenerse arriba de la bici y cediendo casi 3 minutos con el tiburón. Lástima la posterior caída y abandono del pistolero (y la de Froome ese día), nos privamos de un Tour apasionante en mi opinión, el mejor Nibali de siempre en GV contra el mejor Contador desde 2010 y Froome en su apogeo.

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